El Impostor de Javier Cercas -crítica-

El Impostor es un ejercicio literario curioso realizado por Javier Cercas. Al ser una novela sin ficción, como asevera él, donde la ficción la pone el propio protagonista, al recrear al personaje impostado, asistimos a diálogos reales e imaginados entre el autor y el personaje, como hiciera en su momento Unamuno cuando los personajes de sus novelas cobraban vida y se rebelaban ante el destino trazado por el todopoderoso brazo del escritor.

Hay pues a lo largo de la novela una relación tensa entre el autor que desconfía y juzga a Enric Marco por su impostura, convirtiéndose en un personaje más, cuya preocupación principal parece ser que la falsedad o la impostura sea vírica o su desvelamiento lo sea. A lo largo de la narración parece que Cercas cree ir entendiendo, que no justificando, a Marco y parece que la relación se suaviza, aunque la duda  sobre si llega alguna vez a dar con el auténtico Marco, o si en todo momento le muestra alguna de sus caretas, parece perseguirle siempre.

Es de hecho, la duda del escéptico que sabe que vivimos en una cultura kitsch, donde lo falso y lo verdadero se presentan confundidos, como si la crisis nihilista hubiese aniquilado también la sustancialidad entre la verdad y la falsedad.

Por eso Javier Cercas intenta salir de este embrollo abisal recurriendo a la similitud que cree visualizar entre el Marco heroico y ficticio y su mediocre creador y Don Quijote y su vulgar creador Alonso Quijano. No son más que dos historias paralelas pero muy cercanas, en las que individuos insatisfechos con su vida real, con necesidad de ser admirados y queridos recurren a hacer real un personaje idealizado de lo que hubieran querido ser, y ambos disponen del trovador de turno que reproducirá sus hazañas, uno a Cervantes y el otro al propio Cercas.

A mi juicio, lo más relevante de la novela es cómo Javier Cercas sucumbe a la trampa de Marco. El autor se había resistido durante años a iniciar este trabajo, y al final cree descubrir que era por miedo de descubrirse él mismo impostor. Tal vez ese pavor inicial condiciona desde el principio su novela, pero transmite la sensación de estar continuamente embrujado absolutamente, cautivado por el personaje, o por el creador del personaje que no es él. Incluso cuando por una vez vive la experiencia de haber conectado con el mismísimo Marco, tan solo las palabras de alguien que tal vez no lo conozca tanto, vuelven a despertar todas sus dudas y a recodarle que está ante un impostor.

Tal vez Cercas tuvo alguna mala experiencia, algún engaño básico, porque no consigue superar la impostura para adentrase en la persona que la ejerció. ¿Para eso sirve la literatura? No se trata de salvar a nadie ni de redimirlo, quizás solamente de mostrar la verdad en su máxima extensión para que pueda ser contemplada, porque la verdad última que explica a Enric Marco no es que fuera un impostor, y Javier Cercas está atrapado en ese pecado.

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