Tatuajes

Puede sorprender que en una Sociedad como la nuestra, que ya nadie se atreve a calificar de postmoderna porque intuimos que estamos en “otra cosa” y, en la que empiezan a aflorar, entre los intelectuales, términos que sean capaces de describirla (Vattimo propone la hipermodernidad, aunque el termino ya hubiese sido usado por Lipovestky como, sinónimo de postmodernidad; se baraja también el concepto de Neomodernidad, Sociedad neoliberal) el fenómeno del tatuaje sea una seña de identidad entre los jóvenes. Sugiero que puedo sorprender, porque si algo caracteriza nuestra época es la incapacidad de compromisos y de lazos a largo plazo. Digo nuestra época y no me refiero a la juventud, porque considero que sería un juicio de valor sesgado e injusto. Es decir, una sociedad que no vincula en ninguno de sus ámbito, a medio ni largo plazo, nutre el gusto estético por grabarse en la piel una serie de inscripciones de por vida. ¿Cómo podemos entender la tendencia a tatuarse en un mundo que desconoce la permanencia?

Una posible explicación sería la manera de concebir y, sobre todo, vivenciar el tiempo por parte del sujeto. De la misma manera que a un infante la vida le parece eterna, desde su cortísima perspectiva, porque es incapaz de pensar en treinta años, cuando un mes le parece infinito; quien ha tenido la experiencia de la fugacidad, la incertidumbre y la finitud constantes, solo puede percibir el tiempo como presente –y pasado- Lo que se vive hoy, es lo que hay para vivir; esa creencia invita a vivir con intensidad el presente como si no hubiera futuro, porque la experiencia y la situación de incertidumbre económica y social así lo indica. Su concepción del tiempo es el presente, el hoy es el todo, y en ese sentido tatuarse, es un gesto estético y de identidad que no tiene mayores consecuencias, porque no hay futuro. Hay que matizar, creo que esa afirmación del presente porque es lo único que poseen con seguridad, no les lleva necesariamente ni a una existencia más profunda, ni tampoco a una actitud más egoísta. Entiendo que a falta de esperanza en muchas ocasiones, la generosidad de tanta juventud que se ha solidarizado con diversas causas es admirable, porque su espíritu, a menudo, estaba movido simplemente por el gesto de decir no a algo injusto. Pocas veces por la convicción añeja de que el mundo puede ser cambiado.

Así pues los tatuajes, son físicamente para siempre, pero mentalmente tan efímeros como las relaciones, el trabajo, la casa que me cobija, mi estatus social o la vida misma.

Quizás buscando otra respuesta, casi en las antípodas, no es que no puedan concebir su perpetuidad, sino que la buscan porque son un medio estético de aferrarse a lo que nunca desearían perder, y en un mundo tan volátil necesitan tatuarlo, con tinta en la propia piel, para no permitir que se diluya.

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