El ciclo vital

Si el otoño arrasa las hojas caducas y el invierno hiela las raíces de los árboles negando todo amago de vida, y como poetas asemejamos el ciclo estacional al de la vida ¿qué significa cada fase y cada repetición?

Aquí vemos a Heráclito recreándose en su vanidad, con ese fuego eterno que se desplaza con movimientos de contracción y expansión, esa ley racional que regula el Universo para que todo fluya : sea, deje de ser, para volver a ser, como la vida entre la primavera y el invierno, un tránsito siempre activo, que dada nuestra experiencia de finitud nos hace cuestionarnos qué sentido tiene.

Y así, Llegamos a Nietzsche, que, en su soledad ha entendido que el ciclo de la naturaleza es el ciclo de la vida, y que el eterno retorno no es más que la expresión de nuestra voluntad de poder, aquello que somos verdaderamente, porque es lo que nos dinamiza y la manera en que se expresa y explota la vida. Esta voluntad de poder es de tal fortaleza que no la aminora ni la posibilidad de que todo vuelva a repetirse eternamente; por eso la voluntad quiere el eterno retorno de cualquier instante vivido y es capaz , en ese sentido, de querer el ciclo estacional, un año, tras otro, sin preguntarse por el sentido, porque el único significado es el querer mismo.

Somos herederos de Heráclito y de Nietzsche, pero ¿nos sentimos reflejados en ese lenguaje simbólico que ellos utilizan? Podríamos aseverar que del pensador de Éfeso nos queda la percepción del incesante cambio de todo cuanto nos rodea, ese fluir, esa falta de estabilidad, de consistencia. El ciclo estacional no es más que un lento devenir de ese cambio intenso al que nos vemos sometidos. Visto desde esta perspectiva es un cambio estable porque podemos preverlo. Sería un oasis en el desierto, o acaso evidencia de esa racionalidad cósmica que no todos somos capaces de captar como creía Heráclito. En cuanto al eterno retorno nietzscheano las estaciones son una expresión super-ligth de ese monótono transcurrir del tiempo interno y externo que hemos asumido como un Sísifo cualquiera (¡Ya estamos en Navidad! Y otra vez) pero su manifestación más espeluznante es la que asegura que nuestra voluntad quiere de tal manera la vida que no hay dolor que nos haga renunciar a ella. Aunque es cierto que se pueden extraer otras interpretaciones más amables del eterno retorno, siempre he pensado que son difusiones demagógicas para suavizar un pensamiento realmente radical. ¿No hay dolor que nos haga querer la muerte por encima de la vida? ¿Hemos de resistir el ciclo estacional, una y otra vez porque así lo establece la madre naturaleza?

Como a todos, a Nietzsche le faltó vida por vivir, o historia por interpretar.

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