Haz y di lo que te dé la gana: ¡broma!

Oscilamos siempre al límite de lo que es, para poder diferenciar las cosas. Si bien, hay límites que tienen una función de determinación ontológica, sin los cuales todo sería lo mismo o nada sería; otros límites asumen una tarea claramente moral, al establecer el ámbito de lo legítimo y de lo inaceptable. En esta franja es en la que podemos quedarnos agazapados ante una toma de decisión o, por el contrario, traspasar la línea con una frivolidad que despierte la perplejidad de muchos. Los límites, en este sentido, deben estar marcados por un mínimo consenso moral de la sociedad y más allá por la conciencia moral del individuo. Ahora bien, defender la ausencia de límites argumentando el respeto a la libertad de expresión, nos llevaría a un diálogo poco fructífero sobre qué derechos están por encima de otros, o en términos neokantianos que deberes morales estoy más obligado a cumplir: ¿hay que respetar antes la vida, o la libertad de religión, esta o la libertad de expresión?…y así, casi hasta el infinito podríamos ir emparejando derechos y deberes.

Acaso el universalismo de la norma de Mill –que poco tenia de utilitarista- se aproximó al formular el principio de que las reglas que orientaran las acciones no produjeran daño a la Sociedad de forma inmediata, ni a largo plazo. Este límite que siempre debe ser autoimpuesto por el propio sujeto puede ayudarnos a dirimir si determinadas acciones o comentarios son deseables, pensando que la norma en la que se inspira debería poder tener un carácter universal. Veamos un ejemplo: ayer en el Congreso de los Diputados en Ministro de Exteriores, el Sr.Margalló, mandó al psiquiatra a otro diputado al considerar que su intervención no había sido adecuada. Me parece poco relevante el nombre del otro diputado, y el contenido de su aportación –que podría buscar fácilmente por internet- ya que, aplicando el cedazo de Mill, la cuestión queda rápidamente resuelta. ¿Puede convertirse en una norma universal de acción que cuando alguien haga una intervención desafortunada la solución pertinente sea mandarlo al psiquiatra? La respuesta debería ser no, porque lo que estamos diciéndole sibilinamente es desequilibrado, loco y al mismo tiempo despreciando a las personas que por necesidad acuden a esos profesionales como incapacitados para todo. Esto provoca un daño inmediato a sectores de la sociedad y si se aplicase a la sociedad misma.

En síntesis, sea o no la formulación de Mill la más pertinente, lo obvio es que la sociedad necesita límites morales consensuados para convivir y para que no todo esté permitido. Aceptar, ni que sea por negligencia esta última aserción puede tener consecuencias tremendamente nefastas.

Los límites morales son condición de necesidad de la moral y condición de posibilidad de la conciencia moral.

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