La virtud de saber dar

Casi todos, alguna vez, hemos prestado nuestra ayuda ante demandas explícitas ajenas. Lo cual nos muestra como individuos con cierta sensibilidad hacia el padecer que nos rodea.

Ahora bien, lo que realmente nos honra –no solo nos muestra- como humanos de una sensibilidad excepcional es dar sin que el otro requiera. Primero, por la capacidad de detectar la necesidad en el silencio ajeno. Después por entender que ese silencio es impotencia, decepción, soledad pero nunca arrogancia o autosuficiencia.

Hay que disponer de una mirada atenta para, entre los múltiples destellos que nos ciegan, ver ese rostro que ahogadamente reclama auxilio. Saber aproximarse al otro con la humildad de quien da porque conoce el desgarro interno del llanto contenido y simplemente estar y ser alteridad.

Dar al que ni tan siquiera pide, enaltece la sensibilidad como virtud.

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