Poder y Deber -el mito de nunca acabar-

No somos, per se, viajeros o navegantes que resiguen cada línea del mundo gozosos de cumplir su Telos. Antes bien, parecemos, y acaso seamos, seres arrojados desde el negro horizonte, como adolescentes expulsados de una tribu para lograr su madurez.

En este no-siendo, sin saberlo, la búsqueda de identidad es una cadena perpetua, encubierta, orientada a impedir nuestro regreso e ingreso en el mundo adulto.

La mitología, sin explicar historias verdaderas, da cuenta de verdades, a través de un lenguaje metafórico y un contenido mágico, incomprensibles a la razón –aunque fruto de ella- pero aprehensibles intuitiva y emocionalmente.

Si el mito funciona como contenedor del salvajismo humano -aquella especie única dotada de habla- debamos quizás considerar que tanta evolución ha excedido nuestra capacidad de manejarla para el bien de la propia Naturaleza; y que, en consecuencia, regresar a formas más primitivas de vida es un recurso eficaz para compensar el desequilibrio natural que se ha producido, a saber: entre aquello que se deriva como posible a partir del uso del lenguaje y entre lo que somos capaces de discernir que deba ser realizado.

El desajuste entre el poder y el deber, añeja antinomia irresoluble.

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