Dignidad kantiana y conflictos políticos

Todo hombre tiene un legítimo derecho al respeto de sus semejantes y también él está obligado a lo mismo, recíprocamente, con respecto a cada uno de ellos. La humanidad misma es una dignidad; porque el hombre no puede ser utilizado únicamente como medio por ningún hombre (ni por otros, ni siquiera por sí mismo), sino siempre a la vez como fin, y en esto consiste precisamente su dignidad (la personalidad), en virtud de la cual se eleva sobre todos los demás seres del mundo que no son hombre y sí que pueden utilizarse, por consiguiente, se eleva sobre todas las cosas. Así pues, de igual modo que él no puede autoenajenarse por ningún precio (lo cual se opondría al deber de la autoestima), tampoco puede obrar en contra de la autoestima de los demás como hombres, que es igualmente necesaria; es decir, que está obligado a reconocer prácticamente la dignidad de la humanidad en todos los demás hombres, con los cual reside en él un deber que se refiere al respeto que se ha de profesar necesariamente a cualquier otro hombre.
Kant, I., Metafísisca de las costumbres, Tecnos, Madrid, 1989, p. 335.

El viejo Kant ya advirtió dónde se hallaba el quid de la cuestión: la dignidad humana. Abordemos la problemática que sea, la aspiración a la independencia de Catalunya por algo menos de la población catalana –aunque traducido en escaños democráticos suponga una mayoría absoluta; lo cual me lleva a pensar que aunque estuve a punto de estudiar matemáticas en mis años mozos, menos mal que no lo hice, porque observo que no debía enterarme de nada- Esta demanda legítima por una parte importante de la población, tal y cómo se está intentando llevar a cabo por el desatino de todos los desgobiernos participantes, si tuviera que pasar el cedazo del principio moral kantiano se reconvertiría en la práctica en una serie de acciones muy diferentes. Al igual ocurriría con otra serie de conflictos internacionales que parecen en punto muerto y que no hay manera de resolver.

La imposibilidad de encontrar algún principio básico común a partir del cual construir no puede ser un escollo en occidente. Es, sin duda, una mala voluntad, en el sentido kantiano. En el resto del mundo habría que dialogar, pero es obvio que si ya no hay interés ni de establecerlo en la cultura que generó al filósofo prusiano, ¿Qué interés tiene para nadie más?

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