Qué más decir de la Filosofía

¿Queda algo por decir de la Filosofía? Son tiempos de apología de esta disciplina, más intensamente desde que al Ministro Wert se le ocurrió ningunear todas aquellas materias sin un claro pragmatismo socio-económico mediante la LOMCE. Como nadie lo ha evitado, y las mayorías parlamentarias son justas porque representan la voluntad popular, este curso ha entrado definitivamente en vigor.

Hoy, como tercer viernes de cada mes de noviembre se celebra el día mundial de la Filosofía. Algunos de los lectores del blog han ido a parar, seguramente por algún error mío de configuración, a la entrada fechada del año pasado. Bien, hay discursos que no caducan, me reitero. Pero, como todo cambia, no querría dejar pasar la ocasión sin manifestar aquello que después de años de justificar por qué debemos mantener la filosofía en los estudios de secundaria – que ha excedido ya mi capacidad de repetición- me resulta más inquietante respecto del estado de la Filosofía actual.

La Filosofía es una actitud vital que como tal impele al desarrollo de una serie de aptitudes intelectuales y emocionales que sitúan al sujeto en condiciones poco comunes para observar el mundo. Uno no puede ser y dejar de ser filósofo, porque en tal caso sería un sofista o un impostor.

Aceptando que la asunción de la Filosofía deviene una forma de ser en el mundo, escasos nos quedamos si la cuestión que socialmente trasciende sobre ella es si debe o no ser estudiada.

Vivir filosóficamente –si se acepta esta forzada expresión- es encarnar las insatisfacciones profundas del hombre que nos ha tocado ser: explicitarlas, denunciarlas y desvelar las formas sociales y económicas que contribuyen a ello. Además de identificar la naturaleza que nos constriñe y nos limita asumiendo la capacidad y la libertad de modificar, no solo las condiciones externas perjudiciales sino también las internas.

Ser filosofo consiste en vivir al margen del poder, del beneplácito de la fama, en instigar al replanteamiento continuo de lo que parece estar bien, para que ese estar alerta sobre los principios en los que se fundamenta la vida humana, exija no olvidarse nunca del auténtico significado de lo humano.

Ser filosofo es ser un “agua fiestas” y no porque no pueda este tener sentido del humor, sino porque este sentido será siempre irónico, sarcástico y mordaz. La llama que incesantemente arde y oscila en su interior no le da tregua; el filósofo no sabe vivir dando treguas a la vida porque sería falaz.

La filosofía es una vocación irrenunciable que no da treguas a la vida, deslizándose de lo inadvertido a lo inaceptable, para evidenciar lo ignorado y denunciar el quebranto de lo justo. Quien busque sosiego y gozo que huya de la filosofía, porque el amante del saber no puede vivir a espaldas de un mundo denigrante. Si ama y va sabiendo, sufre. Al contrario es un sofista de la sociedad de la satisfacción.

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