El fraude de la Libertad

Las sociedades democráticas actuales -en el contexto de la globalización-  se organizan a través de instituciones políticas que tienen el afán, casi enfermizo, de regular, no solo aquellos ámbitos de la vida social que le corresponden, sino también de pautar mediante leyes el tipo de ciudadano que la sociedad en cuestión necesita.

De esta forma, las leyes están asumiendo un rol que más allá de impartir justicia y asegurar la supuesta igualdad de los ciudadanos, impone su poder absorbiendo y menoscabando los derechos individuales, sirviéndose de un brazo opresor como son las fuerzas de Seguridad del Estado (represión en manifestaciones pacíficas como el 15M,…)

Aquí habría algunos matices que explicitar, porque es cierto que el peso de la ley cae sin resistencia sobre las clases populares –esas que antes llamábamos trabajadoras u obreras- y no lleva el mismo ritmo de aceleración sin resistencia cuando debe aplicarse a las clases dominantes. Sí, eso que parece un típico-tópico, pero que además está contrastado como verídico.

Podría alegarse, sin miedo a equivocarse, que uno de los factores que ha provocado esta situación ha sido el progresivo laicismo de las sociedades occidentales, la pérdida de poder de convicción de la Iglesia Católica y otras y la necesidad de regular por ley aquello que parece quedar desprotegido por el relativismo moral en auge. ¿Pero qué hace necesaria esta regulación? ¿El miedo a que nos convirtamos todos en unos depravados?

Me temo que no. En tanto que la depravación y la corrupción forma parte de la instituciones políticas, la urgencia de regular, prohibir, encauzar el comportamiento del individuo –no ya la vida social- es el miedo a la desobediencia, como si fuera un virus que pudiera irse extendiendo. La moral única asociada a la religión garantiza unos determinados comportamientos y actitudes. La libertad moral puede llevar a los ciudadanos al desacuerdo con las instituciones y a la acción, sobre todo porque estamos hablando de depravación y corrupción moral, de justicia e igualdad.

Ahora bien, ¿Si la democracia teme al a libertad? Un ejemplo sería España, ¿bajo qué tipo de sistema de gobierno estamos viviendo? Podemos entrar ahora en el debate de si garantizar la seguridad debe mermar la libertad, y todos entenderemos que la razón es de peso. Pero que con este dilema no pretendan descontextualizar los problemas. Para las democracias el problema de la libertad es previo al terrorismo, porque el sistema económico que se ha impuesto exige un modelo de ciudadano, este no puede dejarse al azar. La manipulación mediática funciona, pero donde esta no llega, urge acallar los movimientos sociales que puedan despertar conciencias sobre el uso y la utilización que unos pocos que rigen el sistema están haciendo de la mayoría de los que pueblan el planeta. Las democracias no han sido espacios tan benignos para el capitalismo como se esperaba. Deberían rendir más, con menos coste y resistencia.

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