Libros y cultura

La distribución de los libros en mi casa tiene una razón de ser. No es en absoluto un orden lógico preconcebido, sino una organización que ha impuesto el uso. Así, hay ejemplares que pueden haber caído en el olvido y ser capaz de recuperarlos tan solo si alguien me solicita su préstamo o surge su referencia en alguna conversación. Otros, van y vienen conmigo allí donde me desplazo, como si en ese momento fuéramos seres inseparables, o yo fuese incapaz de proferir palabra alguna sin el respaldo del autor que escondo en el bolso.

El caso es que sean soportados por la estantería, deambulen de la mesa de trabajo a la mesilla de noche o bien sean mi otro-yo oculto en una bolsa de mano, todos ellos han dejado semillas que, tenga consciencia o no, han ido fructificando con el paso del tiempo. Han configurado ese poso a partir del cual yo creo saber lo que sé, tengo la visión del mundo que tengo y junto con la experiencia sostengo determinada forma de vida.

Pero de la misma manera que nos vamos desprendiendo, separando de personas que han contribuido, para bien o para mal, a conformar lo que somos, debemos también saber deshacernos materialmente de los libros que circularon por nuestra mente, y dar la oportunidad a otros de que puedan nutrirse de ellos.

La magia de la relectura de textos relevantes, en cuanto su mensaje nunca parece exactamente el mismo y siempre resulta en alguna medida renovado, depende de nosotros, de nuestra madurez y pericia, de nuestra amplitud de perspectiva. Por ello es lícito mantener a resguardo aquellos textos que por su naturaleza son inagotables y siempre van a acompañarnos en nuestro periplo.

Ahora bien,  la ostentación de grandes bibliotecas privadas, que reconozco generan autocomplacencia y sensación de plenitud, entiendo que es un acto de egocentrismo cultural semejante a otros, como si aquello que no hemos escrito nosotros fuera nuestro patrimonio por el hecho de haber adquirido un ejemplar que tan solo nos da derecho a su lectura. La tarea más elevada que pueden realizar los que han tenido acceso ilimitado a la cultura es facilitar ese acceso a muchos otros, para elevar el nivel medio de la ciudadanía y que así, haya cuestiones que el sentido común resuelva por sí solo.

 

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