El gran desajuste

A través de nuestros hijos rememoramos ese costoso proceso de captación y comprensión del mundo, que necesitamos hacer, para que nuestros prejuicios –algo idealistas- se asienten lo más ajustadamente posible a la realidad que vamos descubriendo.

Ese ajuste no es más que el gran desajuste que deberán ir asumiendo e interiorizando por su propia salud mental. Así, educados tal vez en el esfuerzo en aquello que constituya su responsabilidad, la honestidad y el respeto al otro, se encontrarán en un entorno en que ni sus compañeros, ni aquellos que deberían constituir fuente de ejemplaridad –y esto es lo más hiriente y decepcionante- traspiran la adhesión a esos valores. Obvio es que fuera del ambiente escolar su contacto con el mundo será aún más desajustado, pero su capacidad de decepción se habrá hecho elástica.

No estamos hablando de homogeneidad, nada hay que pueda provocarnos tanto pánico, sino de compartir dentro de una comunidad educativa unos principios básicos de convivencia y respeto humanos, no teóricamente sino vivencialmente. Por desgracia, pocas personas encarnan ese patrón entre los adultos con los que se cruzan nuestros hijos, pero es cierto que solo esas personas habrán sido los verdaderos educadores de nuestros hijos.

Aprenden que los humanos somos muy limitados, que estamos condicionados en alto grado por nuestras circunstancias personales, que muchas personas trabajan de lo que pueden no de lo que quieren, que muchos chavales están “solos” a pesar de tener padres, que no todo el mundo ejerce una paternidad responsable, que cuando se ejerce las cosas no siempre son nítidas y fáciles.

Y, además, asumen que si el mundo es complejo en un sector reducido por, la complejidad del ser humano, a menudo es del todo incomprensible a escalas mayores.

No obstante, este recorrido que rememoramos con nuestros hijos sirve para ahorrarles, si se dejan un mal trago: cómo sea yo, no queda nunca justificado por cómo sea el mundo, porque el único tribunal auténtico es mi propia conciencia. Será, pues, cuestión de continuar apostando por el esfuerzo, la honradez y el respeto, así las noches que velarán nuestros sueños nunca serán la oscuridad que nos abrume.

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