Duelo

Un duelo siempre es la deglución de una pérdida en nuestro interior que exige esa metabolización lenta y paciente.

Lo malogrado bien pueden ser personas, estados o fines que constituían un anclaje de estabilidad en nuestras incertidumbres.

Del latín “dolere”, su sentido etimológico es doler, sufrir, penar y aunque popularmente se acabó identificando con la pérdida de un ser querido, en su origen -de etimología griega- provenía del enfrentamiento a muerte entre dos individuos por engaño o fraude. El latín popular lo identificó por coincidencia fonética con la familia léxica “doleré” y una falsa asociación acabó emparentando el término con “duellum”, arcaica palabra que se aplica al enfrentamiento entre dos. Así, pervivió la homonimia del término hasta nuestros días.

Pero lo que tiene de curioso -¿casual?- es que el duelo, esa lucha del interior del sujeto que nota la ausencia contra la nada que aquella evidencia, parece no ser más que un duelo –de bellum- entre la angustia vital que desencadena la nada y el sujeto de la angustia contra sí mismo.

Todo, porque no concebimos que el origen de lo que nos mata está en nosotros mismos.

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