Totalitarismo y pensamiento único

“Un pensamiento fragmentario refleja todos los aspectos de vuestra experiencia: un pensamiento sistemático refleja sólo un aspecto, el aspecto controlado, luego empobrecido. En Nietzsche, en Dostoievski, hablan todos los tipos de humanidad posibles, todas las experiencias. En el sistema sólo habla el controlador, el jefe. El sistema es siempre la voz del jefe: por eso todo sistema es totalitario, mientras que el pensamiento fragmentario permanece libre.”

Cioran, Conversaciones, (1977 con F.Savater)

 

La fragmentación del pensamiento por la que apuesta Cioran, manifiesta la imposibilidad de construir un sistema verdadero, único y sin fisuras capaz de dar cuenta de la diversidad humana. Eso no implica que la expresión contextualizada -antes que fragmentada-, no en un sistema teórico sino en el mundo, de aspectos de la vida humana deba enjuiciarse como una pérdida de globalidad. Esta, como tal, no se da en el mundo sino que es un relato humano para ajustar las cosas a nuestros intereses cognoscitivos. La idea de Cioran, por el contrario, es que el mundo no posee más que la evidencia de su existencia y eso es lo que de manera limitada podemos captar y expresar. La interpretación y comprensión que hagamos de esos hechos deslavazados son siempre subjetivas y premeditadas, excepto cuando asumimos que nada en sí mismo tiene sentido, ni valor y somos capaces de arremeter contra la brutalidad de nuestra parte no animal.

 

No deja de resultar familiar esta resistencia minoritaria al pensamiento único, del que ya hablara Fukuyama, porque nos encontramos hoy sometidos no solo a las garras de un pensar único sino a las terribles consecuencias de la imposición de ese relato uno: sistema político, social y económico que exige una homogeneidad en la forma de vida de los individuos asfixiante. Sabiendo que todo estado o individuo que no se doblegue queda fuera del circuito y por lo tanto condenado a la penuria.

 

Cierto es, para que engañarnos, que la atomización o fragmentación del pensamiento y de la sociedad facilita a su vez la intromisión de discursos totalizadores, aunque no en su forma sí en su voluntad, que menoscaben la resistencia del corpus social y se infiltre hasta tal punto, que cuando la sociedad tome consciencia el virus sea excesivamente letal. Pero, también tenemos que valorar la riqueza y el respeto que implica aceptar que los relatos sobre el mundo no pueden ya ser únicos, porque caducó el tiempo en que la humanidad era únicamente occidente y en su seno solo había una percepción de la vida.

 

Los totalitarismos ideológicos no han desaparecido, solo han cambiado de guantes mostrándose sedosos, atractivos y deseables, con una praxis sutil, aguda y perspicaz que resultan irreconocibles.

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