Bescansa, cómo ser madre

Siempre hay cuestiones pendientes que aún no hemos sabido responder. Una de las más punzantes, a mi juicio, es redibujar los roles sexuales en una sociedad que pretende dejar atrás el modelo patriarcal y machista que tanto sufrimiento ha provocado en mujeres y creo que también en parte del sexo masculino.

La evidencia de que la configuración de esos nuevos roles no está resuelta la tenemos diariamente en la violencia de género, la desigualdad laboral y por citar una cuestión compleja y de terrible actualidad la presencia de la diputada Bescansa con su bebé en el congreso. Cada cuestión de las citadas merecería un monográfico, pero voy a prescindir de las primeras y a realizar alguna reflexión en relación a la última.

Entiendo que el suceso de ayer fue un acto premeditado y no por necesidad, para reivindicar la necesidad de medidas que faciliten la conciliación de la vida laboral y familiar. Ahora bien, bajo este epígrafe se pueden estar entendiendo una diversidad de reclamaciones. Desde poder llevarte la criatura la trabajo, como hizo Bescansa, hasta bajas que garanticen una crianza más prolongada por parte de los padres e incluso adaptación de horarios que permitan permanecer al cuidado de los hijos hasta determinada edad sin retocar sueldos.

Las distintas reivindicaciones tienen obviamente sus dificultades, desde económicas a nivel estatal hasta personales laboralmente para el que dedique parte de su jornada a la educación de los hijos.

Pero es curioso que vivimos en esos momentos de infantilismo –así son nuestros jóvenes, así los hemos educado- en que creemos que todo lo que quiero es posible simultáneamente. De esta forma, tengo un hijo y quiero seguir trabajando, pues me llevo el niño al trabajo, eso sí con una cuidadora como Bescansa por si me molesta mucho. Tengo una criatura, quiero seguir saliendo a cenar o a comer fuera pues me llevo al niño. Es decir, el susodicho viene al mundo para arrastrarse tras de mí, porque no seré yo quien cambie mi ritmo de vida por él. Esta situación se observa a menudo.

Entiendo que desvela una mala digestión del papel que debe tener la mujer en la sociedad y cómo es posible no ser considerada, ni de facto ser, un humano inferior y sometido a otro humano, haciendo compatible su pleno desarrollo en capacidades y competencias y una maternidad responsable que puede dejarla fuera del mercado laboral durante tiempo.

En primer lugar querría recordar que la maternidad no es una fase obligatoria sin la que la mujer no se completa y que por tanto resulta ineludible. Hay personas para las que su carrera laboral es su proyecto primordial y eso puede resultar incompatible con otros. Entre ellos talvez la maternidad. Es más coherente prescindir de traer hijos al mundo para que los cuiden otros, que traerlos, porque lo que uno o una no puede cambiar es ser la madre o el padre de ese ser, que siempre echará de menos la figura de los auténticos padres. Por tanto ,no ser madre o padre es una opción tangible y posible.

Cuando se toma la decisión de tener un hijo, este debe ser la prioridad sobre todo los primeros años de crianza en los que se construye la base de su personalidad. Así es que el ritmo de vida, horario, actividades deben venir marcados por las necesidades de bebé, porque ese entorno es decisivo en su desarrollo y organización mental. Una situación indeseable es que las condiciones laborales y sociales no te permitan darle más a tu hijo, otra muy distinta es que tu confusión mental en relación a quién eres y debes hacer como mujer enrede a tu hijo en una maraña que puede tener consecuencias nocivas para él en el futuro.

Un bebé no necesita conocer tan pronto a los villanos de la película, no podrá soportar las pesadillas. Se encuentra más orientado en su mantita, en el suelo, rodeado de esos juguetes que puede manejar según su edad y oyendo hablarle a su madre, mientras resuena de fondo una música tranquilla y viendo a mamá, que también lo necesita, reconfortarse con una lectura.

El problema de identidad de la mujer en el S.XXI es una secuela no resuelta de las revoluciones del siglo anterior. Pero no podemos seguir huyendo de lo que éramos, de lo que son los hombres, para topar con un esperpento sin sentido. Dirimamos desde el sentido común, ese tan escaso, qué es o no razonable y seamos sin complejos.

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