La debilidad de los satisfechos

Vivimos en una época débil. Tal vez sea éste, el inevitable desarrollo de las sociedades occidentales opulentas, que empecinadas en satisfacer para no carecer, han satisfecho incluso lo innecesario. Pero, para mal de todos, no han sabido ahondar en las necesidades más profundas que afloran cuando las más acuciantes ya están sobradamente cubiertas.

 El hombre se siente débil ante sí mismo, incapaz de entenderse y orientarse hacia lo que pueda sosegar su vida. Vive preso de su angustia, de esa desazón imprecisa e inexplicable que le paraliza cuando lo invade. Ante esto, las sociedades ricas han intentado medicalizar la propia vida, como si a base de fármacos pudiéramos contener el dolor que supone vivir, o vivir sin un sentido claro. Aquellos individuos que por diversas razones sienten esa angustia como algo profundamente existencial se los ha patologizado. Asunto resuelto.

No todo sufrimiento es síntoma de una patología, ni por tanto puede ser resuelto como si de un cáncer se tratase. De esto se percataron, por suerte para nosotros hoy, grandes pensadores como Kierkeggard, para quien “aprender a comprender la angustia es una aventura que todo hombre debe afrontar si no quiere perderse, bien por no haberlo comprendido, bien por hundirse bajo su peso”. Visto así, no parece que el problema de la angustia o la ansiedad –como preferimos llamarle ahora- sea cuestión de unos cuantos enfermos, sino algo connatural al ser humano por el hecho de tener conciencia de su existir. La existencia es aquello con lo que nos encontramos al nacer, sin conciencia aún, pero con el compromiso biológico primero de mantenerla y posteriormente con la ineludible tarea de sostener su peso, o por el contrario sucumbir definitivamente a la angustia. Esto implica obviamente que el existir y tener que decidir qué hacer con la propia existencia es la primera fuente de angustia vital. Aún con todo, cabe recordar que eso también lo ha intentado solventar la sociedad, para mitigar el dolor a los individuos, a través de la excesiva institucionalización de la vida social. A l menos está pautado entre qué hay que decidir y qué queda fuera del juego de la decisión.

 No obstante en el recodo oscuro de nuestra intimidad nada está definitivamente resuelto, aunque todos vivamos como si lo estuviera. Heidegger entendió que, “que la angustia desvela la nada es algo que confirma el hombre mismo en cuanto desaparece la angustia. En la claridad de la mirada provocada por el recuerdo aún reciente no nos queda más que decir: de lo que y por lo que nos angustiábamos no era “propiamente” nada, Y, de hecho, la propia nada, como tal, estaba aquí”. Pero ese desvelar la nada se produce tal vez cuando la angustia empieza a desvanecerse y lo que resta, después de sufrir, es nada. Esa nada que nos deja indiferentes en relación a nosotros mismos y a los demás. Que incapacita para la reflexión, porque nada conecta ya con nosotros. La nada es lo que hay cuando nosotros propiamente ya no estamos. Pero la causa de ese hueco demoledor es la angustia ante el sinsentido de una existencia dolorosa. La debilidad ante el dolor, la falta de voluntad –por falta de objeto- nos llevan a ceder; y quien ocupa ese lugar perdido,  esa nada que definitivamente nos lleva a la eliminación.

Ahora bien, conscientes de lo que hay y lo que no puede haber, tenemos a nuestro alcance la decisión de qué hacer. Debiéramos tal vez superar la “muerte de Dios” y de cualquier intento de trascendencia, asumiendo que aunque sea esta la única existencia que tengamos no estamos obligados a vivirla tortuosamente. Aprender a vivir con lo que hay, es un reto que empodera. Si la existencia no puede ser gestionada puede ser abandonada, porque no hay nada más inhumano que vivir una vida inhumana.

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