El suicidio ¿un problema moral?

La reiteración en el planteamiento de una cuestión muestra que las reflexiones al respecto no han sido más que esbozos no concluidos de una pregunta esencial. En este momento nos referimos a la muerte voluntaria o al suicidio.

Como todo acto individual ha tenido diferentes consideraciones a lo largo de la historia, en occidente, marcada por la preeminencia cultural del cristianismo. Aunque la bibliografía no es muy extensa, porque el tema ha constituido y constituye un tabú en occidente,[1]pero entre su escasez querría destacar la obra de Al Alvarez “El Dios Salvaje” en la que aborda la cuestión, atravesada continuamente por la figura de Sylvia Plath, y por su propia experiencia, sin dejar de lado la consideración histórica y cultural del problema.

Tras estos preliminares, me atrevería a decir que el suicidio deviene un tabú en el momento en que se le reviste de problema moral, con grandes trabas para reflexionar sobre él porque ni contamos con el sujeto suicidado para interaccionar con sus argumentos –aunque podamos suponerlos- ni con los de quien fundamenta ese principio que hace de la vida un bien que el individuo debe respetar en sí mismo –no hablamos de los otros, donde la cuestión sería sustancialmente distinta- por encima de cualquier otro bien. Digamos que si lo situamos en el ámbito moral desde una perspectiva cristiana nos quedamos “cojos” para argumentar o cuestionar.

Ahora bien, supongamos este otro punto de vista. Dado que la opción de vivir no existe porque nos vemos arrojados a ella, como manifestarían los existencialistas, y que somos seres que por nuestra autoconciencia no podemos transitar por la vida como si no fuera con nosotros, poseemos la libertad-que no tienen otras especies- de decidir hasta cuándo soy capaz de querer, de resistir o de soportar esta arrojadiza broma de la naturaleza. Así, el derecho a decidir sobre la propia muerte – ¿acaso haya derechos más trascendentes que atañen a los individuos humanos porque hablan sobre su vida?- y aquí incluiríamos los casos de eutanasia, habría que afrontarlo como un ejercicio de libertad que hay que respetar y no enjuiciar, considerando que cada individuo es distinto, que el mundo humano puede ser muy injusto con muchos y que el coraje no siempre se manifiesta soportando el dolor, e incluso que tenemos derecho a ser débiles y rendirnos.

La muerte voluntaria es una decisión que debe despojarse de juicios morales. Lo contrario demuestra una incapacidad para la compasión que tal vez pueda llevar a esas personas al suicidio. Quien se quita la vida lo hace porque no la soporta, y puede haber diversas maneras en que esta se torna insoportable; pero lo que no deja lugar a dudas el sufrimiento de los que no ven, asfixiados, otra opción, ni para él/ella, ni para los que les rodean y padecen su tortura.

Suicidarse es una opción que exige haber tocado fondo, un abismo del que se puede salir y entrar sucesivamente adoptando la actitud de Sísifo como explicara Camus –aunque él acabara estrellándose en su coche contra un árbol, no se sabe si voluntaria o accidentalmente-, un oscuro infinito en el que se puede permanecer, a pesar de no preferirlo como Cioran, o una extraña e ingrata circunstancia de la que se puede salir porque no hay razón que pueda darse que no haya barajado durante tiempo el sujeto que libremente toma esa decisión. Al resto, ante el misterio de nuestra conciencia y nuestra existencia solo nos queda el respeto y tomar nuestras opciones que pueden ser muy distintas.

[1] Ver post “El tabú del silencio”, “La muerte no es el tabú”

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