Cómo no negamos a Dios, ya?

El humano es el ente de la insatisfacción infinita, nunca se puede saciar su capacidad de dudar, porque ante cualquier tentativa de atajar su posibilidad, lo que anulamos es la certeza.

Creo que las confrontaciones históricas sobre la realidad de Dios es el ejemplo, por excelencia. Aunque las diversas religiones puedan llegar a converger en alguna de sus versiones en que el Dios del que hablan es, en última instancia el mismo, no eluden con esto el hecho de que entre distintas confesiones e incluso en el seno de una misma confesión, puedan sostenerse versiones de Dios dispares, incluso diría yo incompatibles.

Estos desencuentros nos muestran que la respuesta a la cuestión sobre la realidad y naturaleza de Dios no resulta ser ninguna evidencia para las capacidades humanas. No obstante, su falta de existencia empírica es un dato relevante respecto de su universalidad como ser al que el hombre recurre para dotarlo de distintas funciones: sentido de la vida, causa y origen, finalidad a la que aspiramos, personificación de un ángel protector, lo Absoluto incompresible que justifica nuestra finitud y limitación,… ¿Si no hay un Dios dado, por qué hay universalmente un Dios pensado? Ante esto parece lógico responder que si lo que une a todo individuo es el hecho de pensar en Dios, tenga este la naturaleza que tenga, el pensamiento debe dar cuenta de una necesidad humana universal que ha dado lugar a diferentes tipologías.

Ahora bien, esta última explicación, que puede dejar satisfecho relativamente a los que creen abrazar el ateísmo, contiene un cierto engaño simplista que quizás desee zanjar una cuestión bastante compleja. ¿Cómo es posible que el hombre siga manteniendo la creencia en un Dios, de hecho e históricamente, no intervencionista? Sean cuales sean los contenidos de unas u otras religiones, la naturaleza de un Dios u otro, la evolución de la humanidad no deja ningún rastro del paso de una divinidad salvadora, protectora, bondadosa ni de cualquier virtud sobre la tierra. Antes bien, nos escandalizamos observando lo que los hombres somos capaces de hacernos unos a otros y de que haya un Dios que lo consienta, porque hay muchas cosas que están por encima de la libertad humana. Sino que se lo pregunten a los más pobres, marginados y desechados del planeta ¿Para qué necesita el hombre un Dios así? Si fuese una idea creada por necesidad, viendo que no responde a dicha necesidad ¿no la habríamos borrado ya de nuestra mente como posibilidad de una forma más universal y contundente?

Casi deberíamos preguntarnos ¿qué nos hace resistirnos a negar la realidad de un Dios inútil es un contexto en el que nadie valora la utilidad de lo inútil? Intuyo que debe haber motivos de peso, que no responden ni a la necesidad humana, ni a la utilidad de Dios. Con esto no afirmo que sean razones metafísicas o trascendentes que no alcanzamos a aprehender. Tal vez, sean causas más ruines y mediocres fruto de nuestra naturaleza que seguro no es nada divina.

En síntesis la realidad de Dios será siempre un misterio, pero el mayor misterio es cómo se puede creer en un Dios.

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