Encrucijada existencial

“Mientras no sufrimos, vivimos en la falsedad. Pero cuando empezamos a sufrir, solo entramos en la verdad para echar de menos lo falso”[1]

Este aforismo del paradójico Cioran nos sitúa en la encrucijada de la existencia humana, ya que habiendo constatado la crudeza de la vida, no sufrir solo puede implicar estar arraigado en lo falso, en lo que no es la vida; Por tanto, diríamos que aquel que no padece viviendo es porque habita negando la vida. Esto no deja de acarrear sus dificultades porque ubicarse en lo falso, en la negación de lo que es, puede hacerse o porque el no-ser, la falsedad, el contradictorio tenga entidad propia, o bien porque distorsionemos tanto lo que es, que resulte un otro distinto, que ya no sería propiamente su negación sino su alteridad.

Así, el que no sufre no vive, recrea una alteridad distorsionada de la vida.

Por otra parte, si la encrucijada en la que se encuentra el hombre le lleva a entrar en la verdad, es decir a reconocer la dureza, sinsentido y vacío de la vida (recordemos que no estamos ante un metafísico realista, sino un nihilista azotado por lo más trágico de la vida) lo único que conseguiremos por el sufrimiento que experimentaremos será añorar el estado de negación anterior, que aunque falaz, no implicará dolor.

Así, para Cioran el que no sufre no vive, recrea una alteridad distorsionada de la vida, y el que vive tan solo aspira a no-vivir.

Como vemos la encrucijada se disipa, porque de tal hondura es el sufrir de los despiertos, los desengañados que el autor rumano parece reconocer, de facto, una sola vía para los hombres que sea soportable, la de la falsedad.

Ahora bien, esta opción sabe Cioran que es impracticable. Quien, como él tiene conciencia de su existencia y posibilidad ya no puede vivir en la falsedad porque ese estado exige ignorar esa cualidad de falaz. Lo mejor, para ser coherentes es que los iluminados como el filósofo rumano guardaran silencio, atesoraran ese secreto fatídico. O bien, que como otros muchos han intentado cada uno expanda su verdad reflexionada y justificada para estimular el raciocinio de los humanos y la voluntad de sostener y elegir aquel sentido y forma de vida que se les amolde.

Quizás el error de Cioran fue creer que ese vacío atronador con el que se topó era, sin más, y que en absoluto algo fluía de su interior que solo le permitía ver desde esa perspectiva pesimista y apocalíptica.

Cierto grado de dogmatismo, aunque lo atesoremos en la guarida de nuestra intimidad, destilamos todos. Estamos preparados para el diálogo, para refutar, justificar, pero es difícil que aquellas conclusiones que acostumbran a ser resultado de largas reflexiones argumentadas y se tiñen de emociones que las convierten en creencias, muden sustancialmente en confrontación con otras.

Por ello, en nuestra forma de entender la vida y el mundo confluyen obviamente la formación cognitiva y el cultivo intelectual, pero también la experiencia vital que hayamos tenido, dando forma final a nuestra cosmovisión en forma de creencias, algo difícil de refutar.

En consecuencia y trascendiendo a Cioran,

El que vive, sufre y siente placer de facto, esto nada nos dice sobre el sentido último de la vida. Tan solo que una vida en la que predomina el dolor es difícilmente soportable.

[1] E.Cioran.Desgarradura.Ed.Austral.pg.160.

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