El Yo disociado

Cuando, cansados del día nos zambullimos en el lecho con la esperanza de dormir, no reparamos en el soñar y en la posibilidad de que éste sea un delirio causante de zozobra. Esta circunstancia ocasionada, noche tras noche, puede acabar produciéndonos un duplicado del yo –algo semejante a lo que Saramago plantease en su novela ”el hombre duplicado”, pero peculiar- un ser de día (D) y un ser de noche (N).

El ser D estaría forjado por la educación, la convencionalidades y habría luchado por surgir como yo auténtico entre la diversidad de capas, que integrarse en la sociedad implica. No obstante, y aunque poseyera esa voluntad de genuinidad, se sentiría erosionado por la reivindicación continua de su yo, desvirtuado, algo distanciado de sí mismo, un yo circunstancial.

El ser N sería el de las no restricciones, aquel que puede recordar los convencionalismo del mundo real para hacerlos trizas. N es todo explosividad de la pasión, del instinto y de la emoción. Manifiesta el querer como pasión emocional, sin limitaciones racionales que lo hagan más conveniente, ni para que el individuo se ajuste a la sociedad, ni para la sociedad misma. Es puro deseo desatado, y fuerza liberada de la razón para realizarse.

Tenemos dos yos: el yo Negado y el yo Divinizado, o bien el nocturno-negado y el diurno-divinizado. Por las noches liberamos toda esa energía que se haya en lo más visceral de nuestro ser, pero que sería fatídica para la construcción de una sociedad civilizada y de buenas maneras como la nuestra. Así, durante el día somos capaces de sostener el yo divinizado a flote, porque habiendo dejado explotar al yo negado durante largas horas, nos reencontramos con fuerzas de volver a tomar las riendas y ser un yo único ante la sociedad.

Las dificultades empiezan a surgir cuando uno se siente agotado de ser dos –como un detergente y un suavizante- en uno, y necesita una integración que le permita dejar de golfear por las noches. Ser pasional y racional al tiempo, instintivo y social,…ser humano, ser la paradoja que tanto incomoda a los temerosos de lo imprevisto, de lo espontáneo, ser vida y razón.

Así los sueños dejarían de ser aventuras furtivas, para ser historias de la mente que algo nos dicen de nosotros mismos, aunque no siempre las entendamos. Pero, podríamos despertarnos y si las recordáramos y nos pareciesen absurdas reírnos de ellas, o dar con su posible sentido. Los días dejarían de ser constricciones para situarnos en un perfeccionismo irreal y saltaríamos, reiríamos y nos buscaríamos alguna aventura con la que soñar.

En definitiva, dejaríamos fantaseada de esta manera o como lo hizo Saramago, de ser una dualidad, porque si hay situaciones que destrozan la mente humana es esta disociación interna que a menudo exige el propio entorno para sobrevivir. A veces me pregunto si los sanos, mentalmente hablando, no serán los psicóticos incapaces de sostener esta disociación; mientras que los enfermos están engrosados por el grupo de todos aquellos que manejan las disociaciones y escisiones a las mil maravillas.

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