¿Cómo impartir una clase? “Coaching e Innovación”

 

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Me parece de importancia recuperar esta reflexión en un momento de cambio político, de esperada eliminación de la ley Wert y con ella la esperanza de que el sentido común y el trabajo bien hecho tenga cabida dentro de lo que debe ser la pluralidad democrática. Está bien innovar, pero también respetar simultáneamente la práctica de los métodos que de facto funcionan (eso no lo sabremos preguntándoselo a adolescentes de catorce años que lo que valoran es cómo apruebo con menos esfuerzo, mayoritariamente, sino que tendremos que contar con la valoración de jóvenes que enjuicien su educación cuando tenían esa edad.

Reproduzco el artículo tal y como fue redactado en su día:

Existe en el imaginario colectivo cierta tendencia a valorar lo nuevo, lo último como mejor que lo anterior; tal vez por el residuo aún latente de la idea ilustrada de progreso, se considera que toda novedad es un avance. Esta convicción, por su falta de criticismo, es en ocasiones errada, más aún cuando intentamos legitimar el supuesto avance en el demérito y descrédito arbitrario de lo anterior. Este es el litigio que los defensores del uso invasivo de las nuevas tecnologías en las aulas han desatado contra lo que ellos denominan peyorativamente clases magistrales.

La disputa mencionada se establece desde el momento en que algunos aducen que la forma tradicional de impartir las clases es harto aburrida y que así es comprensible que nadie aprenda, de lo cual podemos casi deducir que el fracaso escolar tiene en esa ineptitud su raíz.  Ahora bien, la manera “tradicional” de impartir las clases tampoco es  tan homogénea como quiere darse a entender. Todos hemos vivido la experiencia de soportar a profesores que se aferran a su silla, abren el libro y como robots inician una lectura monótona del libro de texto, ciertamente, clase soporífera, prescindible y una estafa. Pero también, hemos tenido la ocasión de asistir a clases de profesores que llenaban el aula con su presencia y su entusiasmo, que se apasionaban mientras intentaban transmitir lo que para ellos era una experiencia estética, ética y por tanto vital, y que aún estando una hora deambulando por la clase tras su discurso, solo entrecortado con las cuestiones que los alumnos sugeríamos, siempre eran horas brevísimas, que nos dejaban con ganas de más. Las denominadas, erróneamente, clases magistrales no eran para nada homogéneas. La diferencia la marcaba el carisma del profesor. Por eso querría recordar que el término magistral significa hecho con maestría, es decir con arte y destreza en la enseñanza de algo. Las clases aburridas no son magistrales. Dudo, por tanto, que quien nunca ha sido capaz de hacer una clase magistral,  sea capaz de hacerla ahora aunque para ello recurra a cualquier tecnología punta. Sus clases nunca serán magistrales, porque la maestría está en el profesor no en las herramientas o en las estrategias de aprendizaje.

Dicho esto, deberíamos, además, dejar de disculparnos ante los chicos-as por el hecho de que aprender no siempre sea divertido. Destacar este factor como algo central en la educación estimula la creencia en los alumnos de que sus prioridades adolescentes están bien orientadas. La diversión es un efecto deseable y beneficioso en la vida, pero no un fin en sí mismo. No estimulamos o motivamos más y mejor a los chavales diciéndoles que no se van a aburrir porque les dejamos el ordenador. Son adolescentes pero no tontos. La motivación y el interés surgirán de la experiencia que ellos tengan en las clases. Si el desarrollo de nuestras clases es satisfactorio para ellos, podemos exigirles, hacer que se esfuercen, que trabajen y, aunque parezca asombroso, en el fondo ellos lo agradecerán cuando constaten que han crecido en capacidad de aprender más y mejor.  A menudo la experiencia es el mejor argumento.

Concluyendo, lo nuevo no es mejor por su novedad, sino por su capacidad de sintetizar lo bueno que ya había y mejorarlo. Si las nuevas tecnología pueden aportar algo a la educación es hacer de las clases, clases ciertamente magistrales, reforzando el arte y la destreza del profesor al poder disponer de recursos impensables hace años. Así, este tiene casi la posibilidad, no hay que renunciar a los sueños, de llegar al encanto y la magia.

(Para otro artículo dejaremos la reflexión sobre la formación y la vocación docente, condición necesaria para que la magia mencionada no necesite de un milagro)

 

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