Delito o locura

Entre imposturas, que nos son más que ficciones exigidas para la supervivencia social, hay quien se dualiza. Ese ser a dos bandas: el yo impostado, y el yo, siempre están naturalmente vinculados por la necesidad, el deseo o la frustración.

A algunos, cuando son descubiertos, se les enjuicia moralmente como impostores y farsantes, a otros se los diagnostica como esquizofrénicos y se les exculpa moralmente. Tal vez, solo fue cuestión de tiempo que entre lo impostado y lo real no hubiese distinción, al fin y al cabo, siempre hay un dolor insoportable por no ser lo que se debería ser.

La cuestión sobre si la disconformidad social- o el engaño voluntario jugando con esas reglas cuestionadas- manifiesta desacuerdo o locura, es siempre controvertida, ya que estamos presuponiendo que el concepto de “normalidad” viene pautada por la normas vigentes en una sociedad dada, por lo que la locura tampoco sería una patología, sino una disfunción en relación a un entorno dado. ¿Por qué diferenciar entre delito y locura?

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