Dejad y dejadnos morir

La muerte ajena nunca nos viene bien, por previsible y esperada que sea; sobre la propia nada podemos decir aún, y si pudiésemos, tan raro sería que, discretamente lo obviaríamos para no ser impropios.

Ese trágico momento en que sientes aflojarse los resortes de tu cuerpo, como si tras la persona, dispuesta o no a morir, fueran a arrasarse tus miembros por esa flojera vital. Pero sopla ese silbido inaudible que delimita lo vivo de lo inerte, y seguimos ahí, al pie de quien ya se fue, sin que hayamos sufrido modificación alguna, más que un vacío invisible, que se muta en espesa y negra niebla que va aflorando posteriormente, cuando masticamos y deglutimos lentamente el nombre de lo acontecido: la muerte.

Conscientes ya de que no hay propedéutica para lo peor, o lo que consideramos lo peor tal vez por prejuicio y poca reflexión, nos sometemos al próximo ritual sin la petulancia de creer que dominaremos el momento ajeno, final.

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