El yo deteriorado

Permanecer fiel a uno mismo, con las capacidades que el tiempo y la enfermedad nos van concediendo. Aunque el mundo parezca agrandarse alrededor, los otros nos miren de reojo y crezcan los grillos críticos y moralistas que repiquen en el interior el eco de las advertencias previas.

Si abandonásemos ese yo deteriorado que nos pertenece, ¿qué nos queda? “Nadear”, o sea, deslizarnos en la nada. Mejor será otear desde la insuficiencia el abismo, vocear lo que resta habiéndolo visto que retirarse por la incomprensión y el rechazo ajeno.

Quien permanece menoscabado en sus aptitudes y, ninguneando esa carencia, intenta declamar ante quien sea lo que la existencia diseccionada, a golpe de emoción y reflexión, le ha legado, va mitigando el abismo final.

La disposición y el hábito de mirar al otro con el mismo respeto que exijo, es una virtud escasa, rara.

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