El corazón encogido

“Cuando me muera se lo contaré todo a Dios”

Así se despedía, de la vida, un niño sirio, entre lágrimas, como quien acusa a su hermano de haberle hecho la tarde imposible y le amenaza con descargar su rabia cuando lleguen sus padres, explicando con detalle todo lo acontecido.

El crío, que puede tener entre cinco y siete años, desconoce que los padres no vendrán, porque en este caso no son los reyes. Que no habiendo sido el primero que ha fallecido como una pulga, sin opción ni dignidad, es extraño que nadie se lo haya contado ya a Dios. Que si se lo han contado solo restan algunas posibilidades nada esperanzadoras: que sea insensible como nosotros, que no piense intervenir, que no haya Dios alguno al que contar nada.

De momento vamos a guardar el secreto, porque sin ser yo ni la madre, ni la hermana, ni tan solo una conocida del valiente y desafiante hombrecito, me dan ganas de disfrazarme de Dios y decirle que mejor me lo cuente todo antes de morir, que así podré ir actuando cuanto antes.

 Es espeluznante que ante tanta barbarie hasta un niño tenga un criterio moral claro de lo que Dios no podría consentir, si hubiera Dios, pero su ausencia, y disiento de Simone Weil, nunca lo hará brillar. Recordemos que esa frase es pura ironía.

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