lA EXIGENCIA DE SENTIDO o EL MALDITO DOLOR

Diversas circunstancias, me han llevado esta madrugada de marzo, en la que nada parece gestar movimiento alguno de renovación, a imaginar –y mira que me gusta poco eso de poner a funcionar las neuronas en realidades paralelas fingidas- que yo soy mi propia editora y debo elegir un artículo de mi blog para publicar –sin recortes, que parece que es contagioso-

Obviamente, no me he releído todo cuanto he escrito desde hace cuatro años en la red (791 entradas), pero sí he echado una rápida ojeada y me he detenido sobre uno de los primero escritos, datado el 25 mayo de 2011. El tema era el Dolor y el punto de partida es que lo que exige dar sentido a la vida en lugar de “pasarla” es el dolor que padecemos mientras vivimos, sino sufriéramos, no tendríamos necesidad de sentido. Por ello argumentaba a lo largo del texto que el límite auténtico al que se enfrenta el humano es afrontar el dolor del vacío, porque de ello dependerá su existencia.

Transcribo el artículo original (25-05-2011). Las anotaciones en rojo son incisos actuales.

 

SOBRE EL DOLOR COMO LÍMITE

Hay quien asegura que el límite relevante con el que nos topamos los humanos es la muerte. Esta barrera infranqueable nos lleva a la búsqueda, siempre insatisfecha, de un sentido que nos permita vivir la vida, y no dejar pasar la vida.  La doble actitud vital, que se deriva de la ausencia o no de sentido, viene, a mi entender, determinada por otro límite de mayor incidencia que el de la misma muerte: El dolor.

Parece procedente dar cuenta, en este instante, de qué es eso que denominamos dolor. Aquí, como siempre, el lenguaje nos permite aproximarnos a una experiencia que difícilmente puede ser reproducida lingüísticamente sin caer en el reduccionismo, el simplismo y la falta por tanto de veracidad. Salvando este escollo universal a toda cuestión que pueda ser planteada, intentaré recurriendo a estrategias lingüísticas trascender los límites del propio lenguaje, para acceder en algo a esa experiencia limitadora que denominamos dolor.

Desde antiguo se definió el dolor como la ausencia de placer, pero entiendo que es una forma muy benévola de dar cuenta de esa experiencia. Quien no siente placer, puede vivir dejando pasar la vida con la indiferencia del que casi no siente nada. Sería un estado de apatía, que ciertamente nos impide vivir la vida, pero nos convierte en observadores casi neutros de su transcurso. Quien se ve a sí mismo desde fuera, como si fuera otro, no se vive.  Así, ahondar en el dolor implica ser capaces de visualizar la intensidad de un sentir que consume, que desgasta y que anula finalmente toda posibilidad de vivir dignamente o dicho de otra forma vivir en profundidad la vida.

Aunque la naturaleza del dolor pueda ser física o psíquica, me atrevería a decir que en última instancia el dolor como experiencia degradante acaba derivando siempre en un padecer mental, que hace a su vez insoportable el dolor físico. Quien padece dolor físico y se ve limitado por ello en sus posibilidades y su querer, acaba siendo víctima de un dolor mayor, el de no querer la vida tal y como se le presenta (no puedo eliminar de mi mente la afirmación del pequeño sirio advirtiendo “Cuando me muera se lo contaré todo a Dios”, nunca he deseado desde la entrañas que haya Dios como cuando, casi sin latidos, leía esa frase)

En este sentido la preocupación por el dolor nos remite siempre al dolor psíquico del que somos presas y del que es difícil zafarse. Así pues entendiendo el dolor como ese sentir intenso y agudo que nos perfora por dentro y nos deshumaniza, que nos niega la dignidad en el vivir y el mismo querer vivir, sólo nos queda justificar que es él, el verdadero límite que nos lleva a la búsqueda de un sentido.

Antes mencionaba que hay quien deja pasar la vida como un espectador de sí mismo, ahora además afirmo que el nihilismo en el que están asentados no les permite buscar sentido alguno. Esto no significa que no hayan desarrollado estrategias de supervivencia, sino que la estrategia se ha convertido en el fin, y su apatía les sostiene.

El dolor es un problema para aquellos que sienten, para los que en algún momento aspiraban a vivir la vida, y ésta les ha devuelto un reto elevadísimo: vivir la vida a pesar de que vivir implique sufrir.  Un sufrir en los términos aquí mencionados, como un dolor que degrada y deshumaniza –y que se manifiesta siempre y al final como dolor mental- De aquí se deriva la necesidad de un sentido que nos permita vivir.

Existe para mí un pensador que constituye un referente en la reflexión sobre el dolor humano, Nietzsche. En primer lugar porque creo que lo masticó sin reservas, y en segundo lugar porque su lectura me ha sugerido siempre que la preocupación que subyace a toda su filosofía es ese diálogo humano con el dolor, diálogo que a menudo se convierte en tensión insostenible. Para él quien aspira a vivir la vida sin dolor, está negando la vida misma. Debería quizás presentar un reclamo a la oficina del consumidor porque no hay vida sin dolor. Querer vivir implica querer la vida tal y como es, con sus aspectos benévolos y sus aspectos más oscuros e insoportables.  Los que dejan pasar la vida, los nihilistas fracasados son humanos, excesivamente humanos, y en este sentido, limitados en su capacidad de sostener lo que se les antoja insostenible. Los que queriendo vivir la vida se hunde en el fango movedizo del dolor son también humanos, demasiado humanos. ¿Hay humanos que puedan vivir la vida, pues? Algunos sí, los que realmente apuesten por ella y desarrollen la fortaleza de afrontar lo que puede resultarnos a muchos insoportable.  Se supone que esto exige situarse por encima del bien y del mal, más allá de la vida misma, vivirla, sin que te viva, de algún modo.  Mirándola de frente y afirmándola como el único sentido final, la vida por sí misma, sin lenitivos que nos consuelen. Esta forma de afrontar la vida sin sentido, en sí misma puede parecernos una tarea de héroes, pero querría hacer algunas matizaciones al respecto que sirvan quizás para entender la perspectiva nietzscheana.

Si vivir la vida implica desdibujarla, velar una parte de ella, podemos auto engañarnos y creer que estamos viviéndola; pero ¿no estaríamos ajustando la vida a lo que nosotros consideramos soportable y por tanto negando la vida tal y como se nos presenta? Además los que han vivido una experiencia intensa de dolor son conscientes que la negación de la experiencia solo les ha llevado a la infelicidad, porque nada pasado puede ser borrado como si no hubiera existido y lo presente negado nos llevaría a la enfermedad mental. De esta manera la propuesta que Nietzsche nos hace de forma quizás algo apocalíptica, esconde en su trasfondo algo sugerente como mínimo: vive la vida –con lo que ella conlleva- porque no hay otra opción de vivirla plenamente; si no, puedes no vivirla en el sentido de ser un apático nihilista y, en tercer lugar, puedes considerar la posibilidad de que nadie está obligado a vivir la vida. Mi vida, la de cada uno, es un hecho biológico que acontece por la convergencia de factores diversos, es una azar. Siendo así, y teniendo en cuenta que el que la vive es el sujeto que la padece, es legítimo optar por no vivirla si ello se hace insostenible.

Los humanos chocamos con un límite difícil de superar –y al que no parece que se enfrente los animales- y es vivir una VIDA  sin sentido más allá de ella misma, a la que urgidos por el DOLOR buscamos sentidos que nos la hagan más soportable. Algunos la cogerán entre sus manos, la mirarán a los ojos y le dirán: aquí estoy yo; otros con la certeza de la muerte esperarán que llegue el momento –los nihilistas-; y otros tomarán la decisión de dimitir de la vida…para descansar en paz.

Si algo he aprendido es que cualquier opción es legítima porque los humanos hacemos lo que podemos y menos veces lo que queremos….

2 comentarios en “lA EXIGENCIA DE SENTIDO o EL MALDITO DOLOR

  1. Qué gran reflexión. Me ha encantado! Me gustaría pensar conjuntamente sobre algunas citas de este artículo. La primera hace referencia a “Quién se ve a sí mismo desde fuera, como si fuera otro, no se vive”…, considero que quién pueda abstraerse hasta el punto de verse a si mism@ desde fuera como si estuviera viendo a cualquier otra persona, es un/a trascendid@. Quizás deberíamos reformular ese “no se vive”.

    Me parece que la ausencia de cuestiones como el sosiego, la seguridad, el amor propio o la confianza y respeto sobre un@ mismo…- entre otros-, nos condena a ese ensimismamiento que impide que vivamos la vida de una forma plena sea cual sea la visión que tengamos de nosotros mismos y desde donde la tengamos. Y la ausencia de todas esas cuestiones significan el “velo” que ponemos a la vida a diario o significan “desdibujarla” de forma sistemática y sistémica, por que no decirlo… por eso la visión de uno mismo desde fuere implica haber superado todas esas cosas.

    Considero, más importante si cabe, el choque constante entre las partes descriptiva y normativa (lo que es, lo que debería ser) que viven dentro de cada uno de nosotros y que nos impiden medrar biológicamente hablando. Me parece un choque bastante más relevante que el choque que supone la vida sufrida o dolida, y es el debate previo a casi todo, pero también el debate al que no nos acostumbramos, y cuya resolución nos ayudaría a avanzar en términos ciertamente vitales.

    Después existe una cuestión cultural, por la que llevamos miles de libros idealizando a la vida y convirtiéndola en un objetivo (producto de mkg) a alcanzar, transformándola en un lienzo sobre el que proyectar un futuro que no es posible conocer en términos de dolor, o hasta la convertimos en una especie de premio vinculado al éxito profesional o personal…., y volvemos a empecinarnos en su “sentido” otra vez…, y eso es desdibujar, eso es velar en mi opinión… Sydartra sería un buen ejemplo de esa búsqueda insaciable del sentido…., cuando la pérdida del sentido se encuentra en la activación permanente de la búsqueda misma….. eso es acotar, sesgar, reducir y minimizar a una vida que nunca ha tratado de hacerlo con nadie.

    Ese entorno cultural es el mismo que nos impide morir por voluntad propia sin que tenga que aparecer una crítica vinculada a Dios, a la religión, al egoísmo, a la cobardía o a cualquier secuencia de la mente que se geste desde el conflicto entre las partes normativa o descriptiva que comentaba anteriormente, y que en ocasiones nos llevan a adjetivar a la vida…. que eso ya es la ostia!…

    Y pensar fragmentando en dos diferentes partes vida e individuo también me resulta un poco “cul de sac”.

    Gracias por el artículo!

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