Vulgar o Banal

La naturaleza de algo puede padecer vulgaridad si carece de elementos que la caractericen de manera especial. Si “ese algo” es un humano se nos antoja algo cruda la afirmación anterior, aunque podríamos matizarla en el sentido de que disponiendo de la dignidad que le corresponde, no posee cualidad alguna que lo signifique del resto de individuos.

La banalidad, sin embargo, constituye una insustancialidad pretendida y no es, ni mucho menos un sinónimo del término anterior. Distanciándome del conocido uso que hace de esta dicotomía Félix de Azúa[1], querría ahondar en la voluntad con la que alguien se banaliza, se trivializa para poder soportar el miedo que tiene a vivir.

En la medida en que el yo no es tan decisivo en la interacción con los otros y el entorno, los posibles errores al actuar no determinan el curso de los acontecimientos. Yo soy, estoy en el mundo, pero como una pieza ínfima, trivial, insustancial, banal, que apenas incide en la disposición de las piezas del puzle. No soy responsable de lo que sucede alrededor, nada es fruto, en última instancia de mis decisiones.

Así, el miedo a decidir, a actuar, a vivir se disipa, porque la banalización del yo lo vuelve, imaginariamente, impotente y le permite, sin angustia, ejercer la libertad, bajo la trampa mental de que su libre albedrío no repercute en el mundo en el que se lleva a cabo.

Por tanto vulgar se nace, banal se hace, pero intuyo que solo alguien vulgar puede desear la banalidad.

[1] Diario de un hombre humillado. Compactos Anagrama.

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