8 de marzo: Identidad y Rol

Hoy, ocho de marzo día Internacional de la mujer trabajadora, se nos presenta la necesidad perentoria de redefinir los derechos de los trabajadores en general –debido a la pérdida progresiva de lo que habían sido conquistas históricas- y el nuevo rol o perfil de lo que va a constituir un trabajador por cuenta ajena en el S.XXI; teniendo en cuenta la brecha que se abrirá entre los muy cualificados y el resto. Y esta urgencia no se debe a que la igualdad sea ya un hecho. En España los datos siguen evidenciando un trato discriminatorio hacia las mujeres, con sueldos más bajos a igual trabajo (19%) mayor tasa de paro y sectores, como el tecnológicos, copados casi exclusivamente por hombres –recordemos que estamos en plena revolución digital y tecnológica, y quien tiene el poder…).

A pesar de todo me resulta parcial y algo artificioso centrarnos en una cuestión de género cuando hoy el mundo laborar tiene un problema de calado global.

Por otra parte, continuo constatando el problema en relación a la mujer actual que ya he formulado en otras ocasiones: padecemos un serio problema de identidad que no sabemos resolver, porque ni podemos ser mujeres con vidas de hombres –como parecen sugerir las feministas tradicionales- ni mujeres integradas y disueltas en una comunidad donde, a su vez, disolvemos a nuestros hijos, a los que encima decimos criar con apego –debe ser el del primero que pillo, porque ante tanto ser dispuesto al cuidado del bebé, éste difícilmente identifica a la figura del cuidador- como proponen las eco-feministas. Seguimos pues con la búsqueda de esa identidad desdibujada que surge en el momento en que la mujer sabe qué y quién no quiere ser, pero al tener que reinventarse como novedad, se encuentra con las dificultades propias de quien debe mutarse sin que el entorno le acompañe suficientemente.

Es, por mantener el lenguaje continuista, como si el siglo XX hubiera dado una alta mortalidad de todo referente: Dios, la pérdida por excelencia, pero tras él los grandes ideales, feminismos, sindicatos -no sé si queda hoy algo más inútil y obsoleto- y esta matanza idealista exigiría una creatividad, con una alta tasa de natalidad capaz de dar a luz nuevos encajes entre lo que hay, y el contexto en el que se da.

Afirmaba en un relato ficticio, que toma el título de un libro de Lipovetsky, La Tercera Mujer:

Hacemos lo mismo, reproducimos patrones masculinos, intentamos vivir como ellos, y el transcurso de los acontecimientos nos despoja del espejismo de la liberación, para percatarnos que ahora somos hombres con cuerpos de mujer. Y los sueños de poder se desvanecen, nos sumergimos en la patética constatación de lo que somos, y la tragedia es que hemos perdido nuestra identidad.

Es decir, el proceso de liberación, por el cual el género femenino se va desprendiendo del rol atribuido tradicionalmente por una sociedad, en la que el hombre posee el poder, y la mujer un lugar de inferioridad y de servicio respecto del varón, se ha ido gestando en un No, en la negación de lo que el género femenino sabía que no quería ser. Y teniendo en cuenta que la única referencia de identidad era lo masculino, la mujer creyó que la lucha por la igualdad de derechos consistía en ser como:

Se ha percatado de que ser mujer no puede consistir en sumergirse en un mundo de hombres y pasar por uno más. Se ha lanzado a la búsqueda de una “tercera mujer”, aquella que se desprende de la identidad vacía que los hombres le han otorgado, aquella que se niega a ser hombre encapsulado en un receptáculo femenino, aquella que debe forjarse desde lo que quiere ser…un camino sin trazar, un riesgo, casi un precipicio.

En este sentido, sostengo que aún liberadas como nunca en la historia, aunque con muchas cuentas pendientes, no avanzamos más porque tal vez estamos ancladas en una encrucijada: la imposibilidad de afirmar quién somos, una vez negado quienes no somos. Porque estamos ubicadas en el no-ser que se llena de masculinidad, mientras no seamos capaces de llenar el no-ser de esa tercera mujer que no es el, tendenciosamente, llamado sexo débil, ni féminas masculinizadas:

Su capacidad para sostener el dolor, su negación de la debilidad y su convicción de que querer es poder, la traslada en volandas por esa nueva aventura que ha iniciado. El hombre es algo a superar, se repite como si de un mantra se tratara. ¿Qué significa eso para la tercera mujer? Ella ha ido descubriendo algo. La sensibilidad no es debilidad, negar la debilidad no es negar la sensibilidad. La competitividad en pro del reconocimiento social y profesional te lleva a malgastar tu vida y a vaciarla de lo auténticamente humano. Lo humano no es el hombre, la humanidad sería un concepto vacío sin lo femenino, el lenguaje nos tiende trampas machistas de las que debemos huir, porque nos confunde. Alicia, quiere ser humana, muy humana, y en eso consiste ser mujer, en llevar a la plenitud la humanidad. La tercera mujer es aquella que supera al hombre –en su sentido más clásico- y busca realizarse en la humanidad. Aquella que arrebata el monopolio de la identidad a lo masculino, para adentrarse, con sensibilidad y profundidad en lo que constituye lo humano.

Este sea quizás el reto, redescubrir lo human@ como una dualidad de identidades a renacer, ya que el género solo tenía sentido en el paradigma de lo humano que deberíamos superar. Humanidad como una dualidad con identidades diferenciadas, pero complementarias y parejas.

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