Lo real no es lo existente

En Filosofía toda cuestión está siempre pendiente. Algunas de más envergadura que otras, y otras de más premura que algunas. Tal vez, para los que tenemos hincadas las rodillas, excesivamente, en la cotidianidad de la vida, es un reto pendiente el re-volver más de lo habitual a cuestiones que son fundamentales de cosmovisiones ulteriores. Aunque el riesgo es entrar en terrenos pantanosos en los que muchos no se sientan a gusto, ni aludidos y perdamos esa conexión con los que no se dedican o se han cultivado directamente en la Filosofía. Quizás debiéramos seleccionar las publicaciones donde abordamos unas u otras temáticas y que los lectores, según su interés, acudieran a ellas.

En cualquier caso, ocurrida la necesidad, mi mente ya no puede desmerecerla, y como escribir se escribe donde se puede, desearía hacer una breve reflexión sobre un problema filosófico que considero básico, por las implicaciones que tiene a posteriori: los conceptos de Realidad y Existencia.

Desde que los griegos establecieran la distinción entre lo existente como lo determinado y –posteriormente- lo dado por tanto como fenómeno y susceptible de ser captado por la sensibilidad humana, se constató que lo real no poseía la misma naturaleza, ya que no puede ser percibida, parece subyacer a lo existente como su razón de ser (por ejemplo las leyes de la física) y en consecuencia lo que llega hasta nosotros, como fenómeno, no deja de ser un aparecer de lo que es, el ser, lo real. En otras palabras lo que Kant distinguió como fenómeno y noúmeno.

Ahora bien, estas diferenciaciones parecen razonables y aceptables, ya que no hay manera de contrastar definitivamente que haya un noúmeno como causa del fenómeno, si las aplicamos al conocimiento del mundo físico. Son hipótesis que generan cierta credibilidad, aunque el límite de nuestro conocimiento sea lo fenoménico. La dificultad surge cuando utilizamos este esquema hipotético para identificar la historia del hombre como lo fenoménico, en el sentido historicista, y lo real con Dios, o lo nouménico. Por honda y bien trabada que esté la reflexión sobre esta conexión muda, por convincente que sea la argumentación en cuanto a la ausencia de Dios en el mundo, entiendo que todo se desmorona cuando nos remontamos al fundamento y cuestionamos en qué nos basamos para dar por supuesto que en lo nouménico, si hay algo así, hay algo que pueda ser denominado Dios tal y como lo utilizan a lo largo de su argumentación. Entonces, no puedo dejar de tener la fatídica sensación de que está supuesto, de la misma manera que en matemáticas hay axiomas, en este tipo de argumentaciones debe haber proposiciones asumidas a priori, para que tengamos un punto de partida desde el cual podamos argumentar. Sería como elaborar un constructo formal, que evidente mente nada nos dice de la vida ni de la cuestión inicial planteada.

En conclusión, que lo real no sea, tal cual, lo existente no exige un Dios. Antes bien, nos obliga a plantearnos: si soy la apariencia de mi yo, ¿quién soy en realidad? o ¿dónde está mi yo?

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