Tiempo interno y externo

Mientras crecemos, el tiempo interno y externo se deslizan desde la distancia, a la confluencia, para desembocar, finalmente, en una lejanía inversa a la inicial. Claro que, siempre hay excepciones. Hay quien dispone de un tiempo interno tan elástico que necesita días para cubrir una noche, y palpa su flexibilidad en la prontitud de las horas en que amanece.

Esta distorsión provoca la sensación de llevar dos vida paralelas: la que se desarrolla en el ámbito del tiempo externo, donde todo se regula según unas leyes físicas y sociales, que otorgan al mundo racionalidad; y la que se desplaza en el interior del individuo donde lo que prevalece es la percepción interna, la intimidad y ese lento deambular del tiempo que nos concede el privilegio de catarnos y degustarnos hasta la saciedad. Nunca fue más clara la dualidad que nos cercena, somos uno manifestándose en dos: el yo externo y adaptativo, el yo interno que adolece.

No dejar de vivir mientras indagamos el porqué, o la estrategia de disociar el tiempo, es la legitimación de una mutilación irrenunciable, para un ser que necesita avanzar existiendo como si ya supiera para qué existe.

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