Escritor: Obra y vida

¿Debe un escritor mantener una cierta coherencia moral entre sus obras  y su vida privada?

La cuestión no tiene una respuesta sencilla. Lo primero que se nos ocurriría sería aferrarnos al tipo de escritor del que estamos hablando: si es un novelista, un periodista, un poeta, un ensayista,…es decir depende del producto resultante, de su actividad de escritor.

Diría que quizás deberíamos antes de valorar el producto, atender a qué entendemos por escritor, ya que no creo que propiamente el periodista que redacta noticias breves sobre sucesos acontecidos pueda considerarse como tal, ni tan siquiera aquel que relata la crónica deportiva del fin de semana.

Así circunscribiría el término a la figura del que establece un equilibrio en el valor de la forma y del contenido, es equidistante en el decir y en el cómo decirlo. A consecuencia de esta preocupación, su producto manifiesta una calidad forma-fondo que no deja resquicio al a duda sobre lo que constituye un texto literario y no.

Entendemos pues una correspondencia entre un uso depurado del lenguaje por parte del literato, y el supuesto producto literario. Retomando a la cuestión inicial planteamos si la exigencia de coherencia fondo-forma se transforma en una exigencia moral de coherencia con la propia vida del autor.

Sirvámonos de este ejemplo ficticio:

Un ensayista dedica años de su vida a investigar la evolución del concepto de pederastia en la cultura occidental desde Grecia. Constata cómo ha ido metamorfoseándose y da cuenta detallada de las posibles causas culturales e históricas que así lo han provocado. El ensayo se concluye con un extenso capítulo final dedicado al concepto de pederastia en el XXI, las causas culturales e históricas, y cómo el derecho ha entrado a regular un ámbito de la vida social que la mayor parte   de la historia ha estado desprotegido. Como ensayo sustentado con datos objetivos y estudios estadísticos, puede estar bien fundamentado y permitir extraer una serie de conclusiones que a simple vista serían imposibles y que nos ajusta de forma más objetiva a un fenómeno preocupante de nuestra época.

Ahora bien, qué pasaría si descubriéramos que, el autor de esta obra practica la pederastia con niños de ocho años. ¿Qué, eso forma parte de su vida privada? ¿Qué, pierde legitimidad para realizar estudios y ensayos sobre un panorama más amplio?

Quizás aquí funcionaría el emotivismo moral, en todo su esplendor: sentiríamos un rechazo o desaprobación respecto de la acción solo imaginada, que nos llevaría a realizar un   juicio negativo sobre dicha conducta, movido fuertemente por la repulsa emocional que nos produce pensar la posibilidad de semejante acción.

Hay acciones respecto de las cuales sentimos una repulsa emocional muy primaria y solo después conseguimos y aceptamos una explicación de semejante rechazo.

En consecuencia, en la mayor parte de las situaciones entiendo que esa exigencia moral estaría fuertemente presente en el imaginario colectivo, aunque solo se   hiciera explícita en los casos de flagrante contradicción.

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