Un final sin sentido

“(…) Empiezas a comprender que a la vida no le incumbe recompensar el mérito. (…) Vas descubriendo que a medida que los testigos de tu vida disminuyen, hay menos corroboración y, por consiguiente, menos certeza de lo que eres o has sido.”

Julian Barnes, El sentido de un final, Anagrama compactos 2014.Barcelona

Lidiamos junto a Barnes con la eterna cuestión de la ética en el mundo, a saber, el por qué la vida se muestra indiferente ante la compensación del los que acumulan méritos. Personificamos a la vida como si fuese un agente justiciero divino enviado por dios y se nos hacen incomprensible el mismo trato que reciben el bien y el mal, ya que la subsiguiente pregunta será ¿si el mérito no está recompensado que nos mueve a realizarlo, si hacer el mal es más rentable y eficaz en muchas ocasiones? Seguramente la esperanza de que no puede haber una indiferencia ética cósmica

Además, de esta meritocracia ignorada, Barnes constata que el paso del   tiempo diluye nuestra identidad, y en consecuencia la falta de certeza del tipo de individuo que has sido desmerece nuevamente la importancia de ser consecuente con los propios principios, nadie acabará recordando quien eres o has sido.

Hay acumulación. Hay responsabilidad. Y, más allá de ellas, hay desasosiego. Un gran desasosiego.

La desazón de ver ninguneado el esfuerzo de ser persona de principios, y constatar la fluidez con la que el tiempo y la carencia de sentido ético arrasan con la esperanza de quien querría al final de sus días poseer algo auténtico.

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