Indigencia vital

Dispersos en el oceánico mar de la indefinición, vagabundeamos esperando que nos hallen las respuestas que no supimos atinar. Y así, huyendo de la frivolidad, arropados por andrajos, nos refugiamos en una calle, al cobijo de un escaparate, asumiendo nuestra condición de indigentes de la vida.

La indigencia como falta de medios materiales para vivir quedó en nuestro caso atrás. Somos carentes de recursos de vida, cuando se diría de nosotros que no nos falta nada, necesitamos ostentar indigencia para clamar que nos falta la vida, que garantizados los bienes materiales, qué sentido tiene vivir para morir, o vivir simplemente.

Si dijéramos que no tiene, en sí mismo sentido, alguno, como en otras ocasiones, pareceríamos terroristas saboteando la esperanza del mundo. Porque parece que para algunos los sentidos se imponen como únicos y universales o se los desvalora. Antes bien, creo posible la diversidad de sentidos que sean válidos para una diversidad de individuos, que su contrario. Si aceptamos esta hipótesis como válida es innecesario buscar un sentido único que parece una imposibilidad, y entrevemos como posible el hecho de que la denominada indigencia vital tenga su punto de fuga en estas formas de entender la vida dispar.

Si el hombre es un ser que necesita sentidos, que cada cual –o por comunidades- se construyan relatos creíbles que les hagan la vida más digna. Vivirán mejor y el resultado del ciclo vital será el mismo, una nada tras otra.

 

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