Elegimos doblemente lo que sí y todo lo que no

Construir un relato tanteando la idiosincrasia de los personajes a partir de sus dudas, su indecisión y sus contradicciones, nos permite, imitando a los dioses, dotarlos de existencia en la medida que devienen espejos. Es decir, arquetipos (no ideales sino representativos) de existentes no ficticios.

Así nos recreamos perfilando individuos que viven un lapso de tiempo pleno y de placer, para entregar el resto de su vida a la melancólica añoranza de lo pudo ser no fue. Y, con ese extremo personaje, no hacemos más que referirnos al duro trance de elegir con el que nos topamos a menudo. Porque, como el personaje que opta por ser melancólico, nosotros no solo elegimos aquello por lo que optamos, sino también por lo que rechazamos, o por ser más rigorosos por lo que implica rechazar lo no querido.

Los relatos y las novelas son experimentos imaginarios que nos permitimos llevar hasta el límite, para poder mantener la existencia en unos parámetros prudentes, y dejar que el deseo se esparza donde solo sea impulso y no realización no pensada.

Pero el hombre siempre elige una forma de vivir en detrimento de otras. Lo cual alojará en un rincón la duda recurrente de si esa era la vida que ciertamente quería, qué hubiera pasado si hubiese tomado otras decisiones que estuvo a punto de tomar. Siempre saboreamos la melancolía de lo que pudo ser y no fue, porque talvez hubiera sido mejor (quizás peor, pero esto no provoca añoranza)

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