El perdón

Sobre el perdón no se puede ni balbucear si uno no se siente perdonando y perdonado, porque en su lugar lo que palpita es el rencor y la rabia. Pudiéramos decir largo y tendido sobre el arte del resentimiento, pero no del perdonar.

Hay quien vibra en la necesidad de perdonar porque lo que siente es el agravio ajeno, hay quien por el contrario adolece de la necesidad del perdón de los otros. Hay quien se siente víctima, quien se siente verdugo. Todos somos algo de Caín y Abel, aunque predomine uno sobre el otro. Cabe explicitar que esa demanda de perdón suele centrarse en personas nucleares, básicas, pero también que quien se siente perjudicado de forma primaria no tolera que nadie le exija que pida perdón, porque se siente en derecho de reclamar lo más básico que se le ha negado. Por el contrario, quien se siente en deuda, puede caer en el equívoco contrario y sentirse en la obligación de pedir perdón por aquello que no tiene la más mínima responsabilidad.

Por tanto, seamos capaces de lidiar con el perdón o no ahora, debemos vigilar de no someter a nadie bajo una culpa que no merece. Hay quien deja el asunto del perdón como despedida final. Quizás si es uno de los lazos que más nos esclavizan deberíamos ocuparnos antes, por nosotros y por los otros. Lo que sea posible ya sea verá.

Perdonar debe ser algo así como superar la humanidad porque aguantamos la respiración un lapso de tiempo, y al volver a coger aire nuestras vías respiratorias se han saneado.

 

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