Fracaso y lenguaje

El fracaso es la no consecución de un objetivo o fin en un espacio y tiempo determinado. No hay fracasos absolutos mientras vivimos porque siempre podemos revisar y ajustar los propósitos. Lo que sí tendríamos son fracasos en modo parcial –como dirían los jóvenes adolescentes excesivamente digitalizados-, es decir fracasos temporales que siempre pueden dejar de serlo, en un plazo mayor de tiempo o de espacio. Por ejemplo: si un individuo se propone obtener trabajo en tres meses, en la provincia en la que vive –observamos los elementos de objetivo claramente definido y acotado el espacio y tiempo- y no lo consigue, diríamos que ha sufrido un fracaso parcial. Pero, y esto es de vital importancia, todo individuo que caiga bajo el concepto de fracasado en modo parcial, que cualitativamente podrían parecernos igual, si nos ayudamos de un baremos a la vez cuantitativo, veremos que no lo son. Supongamos que el sujeto A ha realizado todas las gestiones posibles que se hallaban a su alcance para encontrar trabajo. Como no ha podido encontrarlo su calificación sería de 4 –si acordamos que a partir de 5 evaluaríamos la calidad del trabajo obtenido- Pensemos ahora, que el individuo B no ha encontrado trabajo pero que su actitud ha sido no moverse del sofá de su casa, así la cualificación debería ser de 0. Es obvio, que no se puede evaluar, cuantitativamente, de igual manera a quien no ha encontrado trabajo desde la absoluta pasividad, que desde una actitud activa, porque tampoco cualitativamente es lo mismo. El sujeto A ha ido estableciendo contactos, sembrando semillas que aunque aún no han dado resultados, pueden dar sus frutos más adelante. El sujeto B no tenía nada al empezar, y sigue sin tener nada.

Esto implica rotundamente que el término fracaso parcial no califica con exactitud ni matiza la realidad con suficiente nitidez y claridad. Por lo que a menudo estos conceptos que usamos para despachar con rapidez a un montón de sujetos son poco atentos, nada respetuosos y provocan la caída de personas a su paso. Personas, que ya de por sí, necesitan ser rescatadas. Habría otros muchos ejemplos en que esto ocurre, pero este me ha parecido ilustrativo.

Así, no solo es necesario lo cuantitativo y cualitativo para referirnos al mundo y ajustarnos lo máximo a él, sino a menudo lo singular y particular es irrenunciable.

En la medida en que el lenguaje simplifica la realidad la rasga de cuajo, y cuando prescindiendo de los conceptos volvemos a mirarla recogemos los trocitos. Así nunca encaja lo que entiendo con lo que veo. O lo que entiendo, veo, con lo que es.

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