Vountad y sentido

No cabe esperar que haya un destino que, una vez cumplido, dignifique la existencia, porque si corriéramos tal suerte, deberíamos sacudirnos la desesperación por el sentido. Pero si dicha angustia no cesa es que no cuajan las creencias en destino alguno, y la lucha agónica no es por vivir, como dicen unos, sino por saber por qué vivimos, como afirman otros.

¿Cabe esperar el azar? Si no hay necesidad impuesta por el destino, hay pues un azar donde cualquier posibilidad puede acontecer. Nosotros seres con voluntad, agónicos o no, podemos imponer el curso de algunos acontecimientos. ¿En qué dirección? ¿Con qué propósito?… si no hay sentido. La libertad de querer marca el trayecto a través del cual vamos definiendo el sentido. Tememos el poder que nos otorga ser libres, y quizás por eso preferimos someternos a un destino. Aunque la libertad nos haga responsables de lo elegido y acontecido, a su vez también nos dignifica. ¿Queramos lo que queramos? No, de ahí que la reflexión moral se haga necesaria para ejercer dignamente la libertad, porque podemos querer lo bueno y lo malo, y si algo es malo, lo llamamos así porque no parece deseable quererlo. Aunque puede ser querido no debe ser querido.

Por todo esto, atendiendo a que nos cuesta aceptar la existencia de un destino que predetermina nuestras vidas, ya que nos sentimos libres, debemos contemplar la posibilidad de que lo seamos. La exigencia moral, que el ejercicio de la libertad implica para dignificarnos, sea en consecuencia, un querer lo único que humanamente se puede querer honestamente: el bien. Otras cosas las dejaremos para el ámbito de los impulsos y los deseos.

Somos pues una voluntad de bien sin sentido, atrofiada de partida, porque no se puede ir escribiendo el propio proyecto sin horizonte, como saben los existencialistas. ¿Puede ser el sentido el Bien en sí mismo? Quizás para alguien con fortaleza que, aquí y ahora, es capaz de atisbarlo y observar, casi simultáneamente, como acaba triturado. No solo hay que trascender el ser humano para soportar el inmenso dolor, como creía Nietzsche, sinó para sostener la aparente imposibilidad del inmenso bien.

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