Jugar al escondite

Hay un escondrijo, un cubil, en el que atesoramos secretos de esos irrevelables que constituyen nuestro ser y estar en el mundo, pero sin los que se nos tornaría no-gestionable estar en él. Y, es así, porque los consideramos condición de posibilidad de la aceptación ajena, a la vez que condición necesaria de nuestro ser.

Sin esferas ocultas, no puedo constituirme en un yo diferente de lo no-yo porque necesito cualidades propias de identidad y distinción. A la vez, esto que solo yo poseo de mí mismo, debe restar al margen de los otros porque solo así existe la posibilidad de ser aceptado. Nadie es acogido por otros sin una serie de condiciones tácitas, que están en el humus moral de nuestra cultura. Por ello, debo presentar la imagen moral mínima exigida; yo y todos, sino seríamos una cultural con la que el hombre no podría cargar por exceso de culpa pública.

De esta forma todos jugamos al escondite: tenemos secretos inconfesables que nunca deben ser revelados para que sea posible aceptarnos como miembro de una comunidad. A pesar de que todos sepamos que esos cubiles los poseemos como condición necesaria de nuestro ser, jugamos a esconderlos para posibilitar una comunidad cultural que sostenga la esperanza en los individuos capaces de moralidad.

Cuando una cultura, confundiendo la libertad con incapacidad de establecer límites, expone pensamientos y conductas sin pudor, ha sustituido la moral por la exposición “inmográfica”.

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