Símbolos

El valor simbólico de fechas, que conmemoran acontecimientos o sucesos, tiene mayor carga e intensidad emocional cuanto más integrados están en la biografía del individuo. Esta aseveración parece confirmarse si comparamos efemérides establecidas culturalmente con el dato del cumpleaños de un hijo, o la muerte de alguien próximo. Habría una excepción quizás, que merecería análisis aparte, que sería la efervescencia nacionalista ante determinados símbolos, por ser esta una idea política vinculada principalmente a lo emocional.

En cualquier caso, lo que esto evidencia es que el hombre necesita símbolos para vincularse a su historia y a los otros humanos. Cuando ya no se da la experiencia aglutinadora y extraordinaria, queda el símbolo que cumple la función de seguir uniendo y compartiendo lazos entre los que vivieron aquel acontecimiento.

El cumpleaños de un hijo/a es siempre un retorno vívido de aquel día irrepetible y extraordinario, porque sin caer en la cursi idealización y banalización de la maternidad, sino al contrario, ser madre es lo más decisivo y definitivo que una mujer puede hacer –siempre voluntariamente- en su vida, y una vez tomada la decisión de serlo, debería ser su prioridad durante los primeros años de vida; para ir soltando amarres en la medida en que la persona que crece lo necesita y, la madre también para recuperar su propia autonomía. Pero, siempre disponible y atenta, porque los hijos son para siempre. Los padres que se esfuercen en buscar su responsabilidad, que la tienen, en este mundo tan complejo, que las madres no paramos de devanarnos los sesos con nuestro rol en una sociedad hipermoderna.

Por eso los símbolos son necesarios, sobre todo cuando el sujeto se vierte en alma en un trabajo, una función o una tarea, necesita momentos de reconocimiento del esfuerzo, días, objetos que representen esa generosidad. Un festejo, un ritual puede ser un buen símbolo. Los que no tienen carácter cultural y no son vividos como comunidad serán celebrados en la intimidad por cada sujeto, cada familia, pero siempre merecen un espacio de reconocimiento explícito que sirva de homenaje a los que allí se ven implicados.

El hombre como animal simbólico necesita darle sentido y significado a todo cuanto le rodea y por supuesto a sí mismo.

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