Nihilismo después de postmodernidad

Mucho se ha hablado del nihilismo en nuestra Sociedad que creo empieza a dejar poso. No es por tanto un fenómeno nuevo ni último es su fisonomía, porque si algo caracteriza este estado de la cultura es su dinamismo frente a la concepción más estable de lo que la modernidad consideraba fundamental.

Así bajo el supuesto nihilismo, la etapa postmoderna, aquella que se alzó contra los principios más hirientes de la modernidad, se identificó con un individualismo hedonista, que huía como de la peste de los colectivismos en que el individuo quedaba disuelto; con un relativismo o un vacío de valores, fruto de la crisis de los grandes relatos a que condujo el fracaso de la modernidad –anticipada por la simbólica muerte de Dios-; con un culto al cuerpo, a lo sensible, a lo superficial derivado de ese hedonismo; y una exaltación del presente menospreciando el valor del pasado, contra el que se oponían; y de un futuro lleno de incertidumbre.

Pero esta expresión nihilista ha ido evolucionando y podemos reconocer que no es exactamente la misma en los años ochenta que en la actualidad.

Los grandes relatos siguen sin cuajar, porque el único que se mantiene vivo, porque es el discurso legitimador del poder económico, es el neoliberalismo, y no creo que se pueda afirmar que sea reconocido como deseable por una mayoría. Sin embargo, el individualismo que podría generar la falta de un relato unificador se ha transformado con el tiempo en una red de cooperación ciudadana donde quien ha quedado expulsado, por desconfianza, ha sido el estado, el representante del “discurso engañoso”. Los individuos son más pragmáticos, huyen de las grandes palabras, pero se asocian con agilidad para organizar un comedor diario que auxilie a cien familias del barrio que están en situación de pobreza extrema. Saben que su aportación y su esfuerzo no son manipulados ni tergiversado, ni usado fraudulentamente.

La solidaridad se ha convertido en la respuesta a las palabras vacías que ha desbordado la voluntad de las instituciones y ha evidenciado que hay problemas que no se solucionan por falta de voluntad política, no por falta de recursos que han facilitado los ciudadanos sin reparos.

El nihilista del SXXI no tiene esperanza. La existencia parece un sin sentido, la sociedad occidental ha llegado al punto más álgido de decadencia, de momento, en su historia, en todos los aspectos, sin que haga falta listarlos y argumentarlos uno a uno. Sin embargo, y aunque no haya valores más allá de los que cada sujeto se da a sí mismo, al nihilista –como a otros- no deja de sorprenderle la concordancia en un valor que es demasiado humano, que diría Nietzsche en un sentido algo peyorativo, como es la solidaridad. Si algo tiene claro el hombre de hoy, es un cierto sentido del dolor y el malestar del otro, motivo suficiente para que yo me implique en la medida que pueda en paliar ese sufrimiento. Tenga o no tenga sentido vivir, lo que no podemos es restar impasibles ante el mal vivir ajeno cuando vemos que son víctimas claras de la maldad de otros.

Está claro que no todo es predecible. Este tipo de nihilista, que abundan junto a creyentes, y otras especies, no le pareció posible a Nietzsche. O se era un descreído negativo y se entregaba a la desesperación con total pasividad, o se era un descreído activo y autoafirmándose se superaba el dolor del vacío, de la nada y se era capaz de vivir así, siendo referente para los demás sin compadecerte que eso siempre les debilita.

Así pues, estos tiempos que de momento no tienen un nombre unánime, pero que ya no son postmodernos, nos están enseñando algo nuevo: un humano que pende del vacío puede, por ello, ser muy humano con los otros.

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