Razón y emoción

Quien balbucea en el silencio lo hace para sí; para dar forma lingüística y aprisionar esas emociones que deambulan confusas y aturden. No desea, porque no puede comunicar lo aún no aferrado, tan solo entiende que, parte de su identidad, pende de la posibilidad del lenguaje, ese que nos constituye en la medida en que nos ayuda a decirnos qué sentimos, de qué carecemos, y qué anhelamos.

Y es que somos seres racionales hasta que las emociones no imponen lo contrario. A partir de ahí el logos griego se ve sometido a la emotionis latina.

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