El olvido emocional

El olvido no es, tan solo, obliterar el rastro fenoménico de la lejana memoria, sino dejar de recordar-no recorrer reiteradamente el corazón- aquellas emociones que nos ligan a los que, de un modo u otro, nos sustentan. Desvanecer la indiferencia, el ninguneo, el menosprecio, la burla entre la bruma que evapora.

Así, el auténtico olvido anula todo vestigio emocional, posibilita el perdón y permite vivir liberados de la esclavitud del mal recibido.

Aquella sentencia de “yo perdono, pero no olvido” no es más que un artilugio moral para resultar intachable, por parte de quien practica una moral rígida. Olvidar el mal recibido es una de las exigencias más inhumanas que se pueden hacer a un individuo, enaltece casi hasta la santidad a quien lo logra, porque consigue perdonar. Pero no nos engañemos, hay asuntos que son menudencias fáciles de olvidar, pero otros se quedan como heridas en carne viva imposibles de cerrar.

La memoria emocional arraiga sus objetos con una intensidad inusitada, hasta el punto de que podemos olvidar cómo nos llaman, pero no el sentimiento vinculado a la propia identidad.

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