Los fracasados

Abatidos en el lodazal de los fracasados, se nos representa la imagen de hombres ciegos de barro, braceando para buscar aire que respirar y ubicarse en ese supuesto arrabal.

Nada, impotente, inquieren las figuras de lodo, pero quien otea el paisaje le azota una cuestión ineludible ¿Quién es el fracasado?

Se dice fracasado de quien queda desacreditado a causa de los fracasos –o no consecuciones- en sus intentos o aspiraciones. El fracasado es, pues, el opuesto al hombre de éxito. Es una antinomia que no se establece normalmente por criterios personales, sino que se imponen socialmente a partir de los valores de hecho dominantes –que no son necesariamente los explicitados- Así, tener trabajo y ser el mejor o de los mejores, lo cual se mide, no por el grado de competencia sino, por el sueldo que reporta el cargo, en consecuencia tener un nivel socioeconómico alto, que la pareja, es decir, la mujer pueda optar por quedarse en casa o tener un trabajo vinculado a las relaciones públicas, preparación de eventos, moda es decir el trabajo apropiado a la clase social a la que se pertenece. El éxito seria la acomodación del tipo de vida al patrón de ciudadano acomodado en una sociedad capitalista donde se vive bien, se posee y se ostenta.

Por tanto el fracasado, los hombres que tropiezan inestables por el lodo, la miseria, serían la antinomia, aquellos que no han sabido adaptarse a una sociedad exigente pero que compensa.

Desde este punto de vista el fracasado merece el castigo que el destino le ha impuesto, por vago, inútil y carente de ambición. Pero, si el criterio por el cual discriminamos una persona de éxito de una fracasada fuera establecido de forma subjetiva ¿tendría la sociedad legitimidad para decidir quién va al cenagal? Pensemos que establecer el objeto por el cual voy a luchar, intentar conseguir y, por ende tener éxito o fracasar, debería ser un ejercicio de libertad individual. Imponer un prototipo de ciudadano u hombre es una forma de homologar el comportamiento del sujeto, al que manipula sutilmente porque le recompensa con un tipo de vida integrada o marginal, socialmente hablando. Si se respetara la diferencia y la libertad del individuo, los fines serían elegidos por éste y el sentido del fracaso o el éxito, aunque antónimos, habría que contextualizarlo y referirlo siempre a relato del sujeto.

Esta forma de hablar de fracaso sería más justa, en la medida en que cada individuo lucha por aquello que ciertamente valora y considera relevante. Sería absurdo no plantearse las consecuencias sociales que esto comportaría y que haría falta algún tipo de regulación para que, por ejemplo, no sea lícito que un sujeto se proponga acabar con la estructura social. No obstante, algo parecido ya está ocurriendo y nadie pone límites: ¿es legítimo que un sistema político-económico arrase con la esperanza y la vida de muchas persones,  y que ese mismo sistema sea la legalidad?

Paradójico pero cierto.

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