El eco que resuena del yo

Hagamos un despliegue de suma imaginación:

Supongamos que no soy más que la sombra desvaída, que va disipándose como testigo, del yo que convertida en cenizas aguarda en una urna para ser esparcida en el mar. En las manos que quien me ha amado, soy transportada entre sollozos, y llantos entrecortados.

Aunque solo soy ya, reflejo oscuro de un “rostro macilento” sacudo a mis portadores, traspasándolos con la intención de desdramatizar este momento. Cuando la sombra que soy, ya no sea, solo restaran cenizas, pero aun así no hay dolor, ni sensación alguna por la que compadecerse.

Todo ritual empático reverbera en el sujeto, que siente con quien ya no siente: paradoja de un engaño infinito que no nos deja descansar.

Voy, con los últimos suspiros de testigo de ultratumba, luciendo un ya gris descolorido, pero con la certeza de que todo es en vano, y la terrible noción de por qué los que se ausentan no nos dan señal alguna.

Simplemente, porque no podemos escucharlos.

Bajemos del pedestal de la imaginación y volvamos a la realidad. Volcad de una vez la urna, y cesad la agonía de esta sombra desvaída antes que sea inerte resabida.

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