La generación de los 60

La generación nacida en los 60 somos la generación tardía. Éramos niños o adolescentes cuando murió el dictador, y aunque pudimos aplaudir tal evento, algunos teníamos aún poca conciencia de lo que eso significaba. Lidiábamos con la adolescencia o los primeros años de juventud cuando parecía que la transición política hacia la democracia era un hecho. Nos convertimos en unos idealistas capaces, nuevamente como nuestros abuelos, de salir a proferir consignas y lemas a la calle, con las piernas ejercitadas para escapar de los porrazos de los “grises”. En realidad, de poco servía, pero eso no lo sabíamos entonces, porque la democracia se estaba acotando y pactando en los despachos, para que los que habían ayudado a mantener la dictadura salieran indemnes o incluso con algún cargo de importancia. Creíamos en lo que hacíamos, con inocencia y honestidad, esa que hoy se ha perdido en las cloacas de cada pueblo y ciudad. Por eso, la llegada del socialismo nos pareció un orgasmo social –con aquel representante con chaqueta de pana y barba de varios días que hoy no encuentra quien le limpie el yate y las grandes mansiones-. ¿Quién no celebró ese día como una victoria de la democracia, que iba a luchar por la justicia, la igualdad de oportunidades y a eliminar las grandes desigualdades fruto del reparto injusto de los beneficios? No pasaron muchos años antes de que viéramos que aunque los socialistas habían hecho cambios, estaban también enamorados del poder, y ese estado iba a llevarles a equivocar sus fines.

La generación tardía, que no luchó contra el franquismo, que no supo leer en qué consistió la transición democrática y que creyó en los semi-socialistas, acabó decepcionada, después de haber sido una generación implicada directamente en la transformación de los barrios y de las ciudades, donde acabó de desvelar qué era, de facto, eso de la política. Idealistas, que lo fueron, porque se quedaron en la creencia y se perdieron la realidad.

Sus hijos, unos escépticos pragmáticos, que ante los hechos provocan en cada discusión con sus padres, el renacer de ese rastro no resignado de idealismo que se niega a perecer. Ellos son tal vez la generación de qué derechos tengo, a partir de ahí veré qué hago.

Pero ser la generación tardía, la que no vive nada, porque no conoce nada hasta después de haberlo vivido, genera una sensación de ingenuidad y susceptible de haber sido manipulada, que te mantiene alerta para el resto de tus días. Seamos quizás en la madurez y en la vejez los críticos más sagaces y escépticos, ya que pudimos ser tardíos pero recuperamos la marcha.

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