Todo tiene un precio

Un sistema capitalista/consumista no podría funcionar sin tasar económicamente todos los elementos que intervienen en el proceso de producción. Sin estos datos el cálculo del coste y la posterior definición del precio de venta serían imposibles, si la voluntad es obtener beneficios. Este complejo proceso referido aquí de forma sucinta, implica que toda cosa tiene un precio de tasación. Esto se nos hace comprensible con los objetos y cosas porque están hechas con un fin y según su calidad deben tener un valor de mercado mayor o menor. Cuando se nos explicita que la personas también tenemos un precio, una tasación, aumentan los guiños y gesticulaciones como si la cuestión no fuera tan evidente. Yes que no hay mejor ciego que el que no quiere ver.

Los humanos en este juego del monopolio XXX, participamos en el proceso productivo como mano de obra, con distinta responsabilidad: podemos ser cualificada porque dispongamos de una ingeniería y diseñemos el producto, o administremos la economía de la empresa, o menos cualificada si somos un montador especializado de un parte ínfima del producto. Estas distintas funciones tienen sus equivalentes tasaciones económicas en el mercado laboral que se concretan con sueldos altamente diferenciados y condiciones laborales bien diferentes. Sobre todo si la empresa es una multinacional que apuesta por el funcionamiento eficaz.

Así todos llevamos una etiqueta ficticia que marca nuestro precio, en función de lo que somos capaces de aportar al mercado. Y correlativamente nuestro poder adquisitivo está limitado por esa etiqueta previa. Somos lo que hacemos –reza un lema publicitario- hacemos lo que nos han dejado o nos dejan, podríamos responder, porque el implícito engañosos del eslogan es que podemos hacer libremente, y eso no es cierto.

Pero fijémonos que si durante años se luchó contra la confusión entre el ser y el tener, y no fue en vano, porque pocos individuos te dirían ahora que soy más persona si tengo más cosas, a este implícito devastador, pero casi devastado, se lanzó otro más difícil de captar: ser es el valor del trabajo. El sujeto se va sintiendo menospreciado y menos valorado en función del trabajo que realiza porque eso marca su valor en euros. Si ser zapatero implicase ganar 5000 euros al mes , bien seguro que los zapateros estarían bien considerados socialmente y se sentirían valorados. Por tanto, ahora la fusión está entre lo que soy y lo que gano que lo confundo con lo que valgo. No digamos ya el que parece condenado al paro, alguien casi desahuciado de por vida.

La eficacia de esta nueva falacia es más corrosiva porque tiende amenguar a los más desfavorecidos, a hacerlos más sumisos y a empoderar a los más adinerados a sentirse poderosos y amos de todo. Simplemente a través de mensajes subliminares que van calando en el sentir colectivo, así operan, de hecho, las democracias occidentales- que no son más que simulacros democráticos, pero que se presentan así, para que nos sea imposible identificar al enemigo-

Ni somos lo que tenemos, ni el valor en euros que nos pagan, somos sujetos que quieren ser, y que se ven sometidos a unas dictaduras transparentes, menos duras aparentemente pero más capaces de traspasar, transmutar, transgredir disimuladamente,…

El capitalismo impone el valor a las personas a partir de su utilidad en el proceso productivo, es pues un utilitarismo económico.No hay confusión entre la naturaleza de las cosas y su valor, sino entre una utilidad muy restringida y el valor que ellos otorgan a dicha utilidad.

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