Deuda y culpa

Estamos en deuda con los inocentes que murieron en nuestro lugar, porque alguien debía morir para que nosotros vivamos.

Estamos en deuda con los pobres de nuestra ciudad, porque la escasez de unos posibilitaba el bienestar de otros.

Estamos en deuda con gran parte de la humanidad, los que tecleamos, tras un desayuno, plácidamente una declaración de culpa, pero…

No reconoceré ninguna divinidad de quien sea deudora, ninguna naturaleza del tipo que sea. La humanidad es el animal cuya evolución lo ha arrojado al infierno, porque sigue siendo un depredador, incluso de sí mismo, pero con conciencia, no hay nada más.

¿De dónde proviene, sino de un dios la culpa? De la deuda que contraemos con los otros humanos, al advertir que vivimos bien a costa de la desgracia ajena. La conciencia de existir nos proporciona la noción de la muerte y el deseo de todo humano de sobrevivir, por eso colaboramos contra otras especies. A veces, emerge el lobo que llevamos dentro y éste parece haberse quedado a perpetuidad en muchos individuos. Otros, son buenos salvajes y se sienten en deuda con sus congéneres.

En conclusión, la deuda se adquiere en la relación de humanos benignos. La culpa es el sentimiento de no poder saldar la deuda. Nunca hay dioses que puedan legitimar ni deuda ni culpa, porque su ausencia de hecho no les autoriza.

Saldar la deuda exigiría una revolución nunca vista: el abandono masivo de todos los bienes materiales por parte de los que sí se sienten deudores, para desestabilizar el sistema y provocar el caos.

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