Vender el alma al diablo

Podemos vender el alma al diablo como algo sin valor y sin urgencias, creyendo que nos libramos de algo incómodo e inservible. Así, recoger el fruto de la compra-venta “maldita” sin conciencia alguna de que, al torcer la esquina, nos esperan las víctimas deseosas de saciar su rencor. Sólo, tras la primera reacción al intercambio, el vendedor se cuestiona el negocio, siente añoranza del alma y urgencia de poseerla, así como el valor no apreciado de lo que por cuatro chavos ha cedido.

Lo más triste es que para vender el alma, no necesitamos diablo ni acta de compra-venta, era una metáfora literaria. La vendemos y revendemos cada día por x euros y una diversidad fines ajenos.

Quien se hace mercante de su alma es porque cree que no le pertenece o, que de hecho, no tenemos alma. Por eso negocia con impunidad y soberbia, creyéndose más avispado que el resto. Aunque, quizás no ha pensado que, tengamos o no alma, está vendiendo su persona al servicio de un fin que se torna contra la dignidad de otros humanos. Esto no manchará su alma inexistente, pero lo desmerece como persona y de eso debemos vivir, aunque no tengamos alma, ¿del reconocimiento y apoyo mútulo, no?

 

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