Sancho Panza: del realismo al nihilismo

Me deleitaría estar siempre acompañada de un Sancho Panza. Ese hombretón todo honradez, de baja estatura, que se arrastra tras el que considera no se halla en su lugar, por compasión, intentando con paciencia y un chorreón de realidad, bajarlo al terreno donde se dirimen las cosas cotidianas, para que el otro no muera de irrealidad metafísica.

Sería un honor que Sancho me estirara del brazo, para frenar mis arrebatos de soberbia, para esparcir con un espray prudencia sobre mis labios y sobre todo para que descienda del punto trascendente, en el que la nada me ofusca, para solidarizarme con los que aún lidian con lo urgente. Dejar que lo importante se imponga con su cadencia natural, en esas mentes realistas, que son un contrapunto imprescindible de las mentes que viven en otro ámbito.

No quiero, un pepito grillo que me perfore los tímpanos, quiero un Sancho que amablemente, aunque me tome por loca, y vea molinos en lugar de amenazantes gigantes, sea capaz de dialogar sobre las discrepancias y aceptar mis decisiones. Así, podremos discurrir sobre en qué consiste  una perspectiva del mundo u otra y si deberían convivir juntas, o aquello que más allá de cualquier cosmovisión sea una cuestión de justicia –universal hay que sobreentender-

Solo queda un problema menor, y es si existe esa supuesta justicia absoluta, reconocida universalmente. Pero esto, querido Sancho no dará para mucho debate, porque si la hay, será obvia. Si no la hay, todo serán disputas. Conclusión, no hay universalidad de valores, todo es un diferir continuo. Yo, como Ana, te diría: sigue, Sancho, arramblando hacia lo terrenal, sabiendo que ni lo concreto es diáfano. Estamos en un mundo donde los molinos son gigantes simultáneamente, sin contradicción.

Quiero un Sancho, aunque sea hipermoderno –posterior a la postmodernidad- que me tironee de la aspereza vacía, para entre los entresijos cotidianos, buscar lazos conectados entre lo terrenal y lo que no puede ser fundamento (la nada)

Quizás la exigencia resida en la búsqueda de un sentido intrínseco al vivir actual, en unas determinadas condiciones. Tú Sancho defiende tus molinos, porque no hay sentido extrínseco, otros ya embadurnados de nihilismo, defenderemos el vivir hoy, porque aunque el vivir en sí no sea más que la vida misma, hay condiciones necesarias para afirmar la vida que no todo individuo encuentra.

Aquel que siempre fue realista no puede dejar de ser un enamorado nihilista

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