Del declive a la muerte de lo Sagrado

En el mundo occidental lo sagrado , lo intocable, aquello que no puede ser puesto en duda, ni por tanto modificado, se ha llenado de un espeso vacío. Este fenómeno está por una parte vinculado al reconocimiento de la propia humanidad y de la limitación que ésta implica – ya no somos dioses brotando del nihilismo-  sino más bien semidiablos, seres oscilando en su mediocridad más oscura. Por otra parte, y consecuencia de  lo anterior, el vaciamiento de lo sagrado va unido al escepticismo respecto del progreso humano.  El criterio moral del progreso ha quedado definitivamente enterrado: cambiamos, pero no necesariamente a major,porque los fines que lideran los cambios son exclusívamente los intereses económicos de la minoría  dominante.

Reconocida la ausencia de lo divino, muerto cualquier tipo de dios –incluso el hombre mismo- lo sagrado, lo incuestionable se desvanece. Ya no hay por tanto implícitos morales que no puedan ser superados, aquellos que de una formauotra se sustentaban en Dios.

Nos habituamos, en este contexto, a tolerar con indiferencia aseveraciones que desde el punto de vista moral deberían herirnos la sensibilidad. La disociación entre ética y política, por ejemplo, ya no nos escandaliza. Porque lejos de ser un discurso teórico es una experiencia con arraigo. Así las reflexiones sobre la legitimidad de la democracia, que deberían resultarnos como mínimo paradójicas, se han convertido en una de las cuestiones más prolijas de los articulistas. Curioso, porque el concepto mismo de democracia incluye en su definición la fuente de su legitimidad. Ahora bien, ¿cuándo puede hacerse necesario preguntarse sobre la legitimidad  de la soberanía popular? Seguramente cuando la soberanía no es popular, y en este sentido lo que nos estamos preguntando, verdaderamente, es por la legitimidad de una democracia no democrática.

Constatamos como aquí lo sagrado, que la democracia sea democrática, ya puede ser objeto de debate. Que podemos incluso forjar retóricas sutiles que nos acaben convenciendo de que la legitimidad del gobierno democrático no radica en el grado de participación del pueblo –ya que el pueblo no sabe, como ya vio Platón- sino en el respeto a unos procedimientos formales que fueron pensados para garantizar la eficacia del gobierno de unos pocos sobre muchos. Lo relevante es pues la legalidad, no ya la legitimidad.

Nos hemos habituado también a saber que el hambre y la guerra son parte de este mundo. Males endémicos que nadie tiene intención de erradicar. Y nuestra sensibilidad moral se recubre con una epidermis opaca. Si nada hay sagrado, tampoco lo es la vida, ni por tanto nos alteran excesivamente sus diversas formas de eliminación.

No diría que el mundo occidental está en una crisis de valores, esta apreciación se ha convertido en un tópico de tanto autojustificarnos, sino que el hombre occidental está desprendiéndose de sus caretas y se muestra en crudo con una intensidad inédita.

Parece pues, que la función de lo sagrado no solo era establecer unos límites infranquejables para orientar moralmente, sino que servia para enmascarar la verdadera naturaleza que algunos desplegaban sin pudor, y ejercitaban en beneficio propio.El resto se sometía a la contención de esa parte natural que desenfrenada solo lleva al egocentrismo.

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