Axiología

Tendemos a buscar argumentos que legitimen determinadas opciones, sin considerar que estamos, en determinadas circunstancias, optando por valores y que a estos nos adherimos racional y emocionalmente, con lo que no todo se agota en una justificación racional.

Así, optar por una política social u otra es una elección ideológica –no debemos desdeñar el uso de este término- y por tanto axiológica. Pensemos por ejemplo en la concepción de la Justicia, uno de los valores más controvertidos política y éticamente a lo largo de la historia. ¿Cuál es el criterio que hace superior una concepción de la justicia que otra? Sería casi una inercia responder que el bien común o el interés general, pero esta respuesta no es más que salir de un terreno pantanoso para sumergirnos en otro. ¿En qué consiste el Bien común? ¿Qué estrategias, como la implementación de la justicia, nos acercarán más a su consecución? La respuesta es que no existen criterios externos a los valores que nos permitan determinar la validez de una concepción en oposición a otra; también porque lo que necesitaríamos calibrar no sería un único valor, sino una constelación de valores que se implican mutuamente.

De esta forma, la argumentación racional nos facilita la elección de un sistema axiológico, pero sin olvidar como bien detectó Hume el reconocimiento moral se produce por una emoción de aprobación que el individuo siente ante las posibles consecuencias de una determinada acción. Así, la razón sin ese beneplácito emocional estaría huérfana de vitalidad. Sabríamos que es lógico priorizar el sentido de un valor, pero restaríamos inquietos ante una desaprobación vaga que resonaría en nuestro interior, estaríamos faltos de convicción.

En síntesis, cuando nuestra elección está regulada por valores, a menudo sentimos una adhesión inmediata por convicción –emociones- que posteriormente podemos argumentar para entrar en diálogo con otros. Una vez interiorizada una constelación de valores y su correspondiente sistema moral, el juicio moral cotidiano no exige una reflexión compleja. Solo en contadas ocasiones, y a fin de tomar decisiones ante nuevos retos o de entrar en disquisición colectiva con otros, nos veremos en la tesitura de argumentar, desde su raíz racional, el porqué de un juicio moral.

Ahora bien, es cierto que desde esta perspectiva el relativismo moral tiene un largo recorrido, que en el S.XXI no puede ser más que aceptado e integrado. Esto que parece una obviedad, es hoy en Europa una contracorriente, cada vez más minoritaria, asfixiada por la asociación que se ha hecho entre terrorismo y oleada de refugiados. Si las teorías conspiratorias tienen algo de veraz, parece ser que alguien mueve los hilos. Lástima que nos enteramos siempre como si fuera una anécdota. Recordemos la controversia que se ha despertado estos días con la posible participación de Arabia Saudí en el 11-S, de lo cual tiene constancia EEUU en un sumario confidencial, pero a quien invadieron fue a Afganistán.

En fin, no hay que confundir los hechos y los valores….por si sirve recordar la falacia naturalista.

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